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I.- Encuentro con occidente

 

Roy cabalgaba con rumbo a Gisors, ciudad situada a 222 kilómetros de Vendome, París junto a Jean, escribano, historiador y alquimista, que llevaba al día testimonios de aquellos tiempos.

Roy.- Tal vez pensamos que un niño más o un niño menos no afecta el futuro o el presente que conocemos como una realidad absoluta, pero es seguro que el destino del mundo será diferente, ¿qué tanto? la verdad es que nunca sabremos como modificarían el destino de la humanidad  aquellos cuya luz fue cegada a temprana edad. Este mundo se ha convertido en un sitio peligroso amigo.

La música es la compañia de la pluma
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Jean.- Así es, coincido con tus comentarios buen amigo. El tiempo que nos tocó vivir es un lugar donde el hambre y las batallas son acompañantes cotidianos, una tierra convulsionada por la guerra, gobernantes sedientos de poder o de riqueza donde muerte de fieles e infieles son el pan de cada día. Las únicas actividades decentes son por supuesto el arte, el comercio, la agricultura pero sobre todo la guerra y ese afán de conquista cegado y enaltecido por la oscuridad del fanatismo. Todos creen poseer la verdad absoluta y si no convences por la letra lo haces por la espada. Sin ofender amigo.

 

Roy.- Te entiendo y comparto ese pensar, yo era de esos. Sin embargo, un suceso cambió mi vida Aún lo recuerdo como si fuera ayer, eran dos niños de diferentes mundos, de ideales opuestos, pero con sueños compartidos, con vidas sencillas, sin mayor preocupación que las de un adolescente prematuro. La necesidad por sobrevivir los obligó a cambiar sueños por angustias y juegos por incertidumbre, aprendieron a corta edad que la vida que tenían no regresaría nunca más.

 

Jean.- ¿Hablas de los niños de ambos mundos?

 

Roy.- Sí. A la niña musulmana la conocían como “media luna” y a él como el “niño templario”.

 

Jean.- He escuchado mencionar esa leyenda, o en realidad sucedió?.

 

Roy.- Aisha era una niña de Ammán, ciudad de Jordania, llamada Rabbath Ammôn (Ammôn, pueblo en árabe) por los amonitas. Ciudad conquistada por los asirios, seguidos por los persas, y más tarde por los griegos a la que llamaron Filadelfia.

 

Jean.- Es la ruta obligada que siguen los peregrinos de Damasco a La Meca.

 

Roy.- Así es. En Ammán la vida fluía entre vendimia y beduinos, quienes tenían ya sitios estratégicos para el intercambio de dátiles, especias, telas y utensilios de uso cotidiano. Aisha con escasos 13 años y muchas ilusiones, cabello largo y mirada generosa, hermosos y expresivos ojos que al mirar cautivaban hasta al más recio caballero, era una niña acostumbrada a la vida familiar, a los juegos propios de su edad y a las tareas que le encomendaba su madre. De tez morena y amplia sonrisa, era el orgullo de la familia Anébar, formada por su madre Kámal, que significa “belleza, perfección”, de 31 años de edad,  figura esbelta, ojos negros, larga cabellera y de estatura mediana. Mujer de carácter fuerte y pilar de la familia, trabajadora a más no poder y celosa de sus deberes hogareños. Adel de 32 años (“el justo”) padre de Aisha, era un herrero común que forjaba con sus manos el pan de cada día y con la amenaza de las invasiones de los cruzados, su trabajo se convirtió en una de las profesiones mejor remuneradas de la aldea, tú sabes que los encargos de armas eran mayores cada día.

 

Jean.- Así es. Pero ¿cómo sabes tanto de ellos?

 

Roy.- He llevado escrupulosos registros de esta historia porque yo formé parte de algunos de los capítulos de su vida. Pero todo a su tiempo mi amigo, además nos faltan varios días para llegar.

 

Jean.- De acuerdo, continúa. Me encantan las historias bien contadas.

 

Roy.- La familia Anébar vivía en las cercanías de Amman en una choza hecha de piedra y pelo de camello. Un cuarto sin divisiones era el hogar de Báhir que significa “deslumbrante e inteligente”, de 5 años, el menor de la familia, un niño inquieto y mirada sagaz,  Fáris o “jinete, caballero”, de siete años, alto y callado que ayudaba a su madre en las tareas propias del hogar, donde los hombres sólo se entregaban al comercio o vendían su alma a una guerra más.

 

Un día de tantos Aisha jugaba con algunos amigos mientras un atardecer más pasaba entre juegos y risas, adornado con chispas y cenizas que emanaban de fogatas multicolores atrapando la estela de un viento abrazador y silencioso. Era uno de esos atardeceres donde las luces de fuego se confundían con luciérnagas centelleantes. De pronto algo distrajo su atención, un ruido rompió la escena de paz, tranquilidad y armonía, eran gritos provenientes de las chozas de su aldea que ardían en llamas, el humo dificultaba la visión con el viento en contra y sólo dejaba entrever jinetes en movimiento y aldeanos corriendo en todas direcciones.

 

Aisha presentía que algo malo estaba sucediendo, aquella escena no era normal, pensó algunos instantes y sin perder tiempo corrió a su choza. Conforme se acercaba veía con indescriptible  desesperación todo como si el tiempo se hubiese detenido. Los gritos de ¡cruzados! no se hicieron esperar. Al llegar serpenteó ágilmente entre dos jinetes, uno de los cuales esgrimió su espada contra la pobre niña que sólo quería llegar para ver a su familia. Aisha por fortuna estaba aún fuera del alcance del filo de aquella enorme arma, continuó en carrera desaforada y al llegar vio como aquellos jinetes del Apocalipsis daban fin a un grupo de tiendones con antorchas y espadas en una escena virgiliana donde solo algunos habitantes de la pequeña aldea intentaron infructuosamente hacer frente al embate.

Aisha logró llegar a su choza en lo que un día fue su hogar, ahora pedazos de tela humeante, sacó fuerzas de la nada para lograr arrastrar a su madre y dos hermanos que yacían sin vida sobre el piso. Su padre escapaba a la vista de aquella pequeña niña que no entendía el significado y causas de ese infamen suceso. Su cuerpo reaccionaba al miedo que corría vertiginosamente por sus venas y alertaba cada una de sus células.

El último jinete que salía del sitio en llamas gritaba “muerte a los infieles”, Aisha no entendía el significado de esa frase, intentaba vislumbrar algo de vida en su madre o en sus hermanos, desgraciadamente ya era demasiado tarde. Después de sacar a su madre y sólo a uno de sus hermanos, su mirada se concentró en localizar el cuerpo de su padre, que estaba tendido en el camino boca arriba, como si mirara las estrellas. Aisha rompió en llanto y de rodillas suplicó a Alá que no se los llevara, que no le quitara al único mundo amable que conocía: su familia. Suplicó que también a ella se la llevara para recorrer el camino hacia el paraíso islámico, sin recordar que era la hora del Salat o plegaria diaria acostumbrada y aunque reservada para varones, Aisha aspiraba a elevarse al mismo paraíso para reunirse con su familia lo antes posible. Después de unos segundos se esforzaba por pensar o imaginar inútilmente que lo sucedido fuera tan solo un mal sueño. Antes de caer la noche dijo la oración de los difuntos, acompañada del “Takbir”, acto de levantar las manos encima de los oídos y decir " Allahu Akbar " que significa: Alá es el Mayor.

Jean.- ¡Qué difícil!... y pensar que cada uno de los bandos poseemos las más tristes historias. Pero sigue por favor amigo.

 

Roy.- Aisha pasó la noche junto a sus difuntos y pensaba en lo que había presenciado sin comprender el porqué de esa carnicería. Poco a poco la venció el cansancio y quedó rendida junto a sus hermanos ya sin vida, quienes permanecían inermes, como si durmieran el sueño de los justos. El siguiente amanecer fue diferente a todos los que había vivido, al despertar quería creer que su cabeza le había pasado una mala jugada, que todo era una pesadilla, sin embargo, no fue así, todo era parte de una inexplicable realidad. Pasaron varias horas para que lograra tomar fuerzas, bebió del valor de sus memorias y se incorporó para arrastrar penosamente a su familia, o lo que quedaba de ella para llevarlos a un lugar cercano, buscó las telas necesarias para cubrirlos y darles sepultura. Regresó para rescatar algo de ropa que se había salvado del fuego.

 

Se movía con dificultad por el miedo que inundaba su cuerpo, ese que tal vez nunca más la dejaría. Recordó a sus amigos con los que jugaba y pensó que si ella logró salvarse, tal vez algunos otros también. Recorrió los despojos de lo que un día fue el lugar de su familia, de su tribu, sin lograr ver a nadie con vida, aquello era un lugar desierto de almas, un cementerio si así se puede llamar, de pronto escuchó un ruido tras de ella, era Aline que buscaba protección en la oscuridad de la noche, pero la luna llena la delató. Atemorizados fueron saliendo los pocos sobrevivientes, agobiados por el impacto de lo que habían presenciado, del encuentro con aquellos jinetes que asemejaban con su montura a un monstruo de seis patas. El temor flotaba en el ambiente, todos pensaban en la posibilidad de que los asesinos regresarían a concretar su nefasta e incomprensible tarea.

 

Aisha.- Amhed soy yo, Aisha, ¿y tu familia?…

 

Ahmed permanecía hincado con las manos en su cara, sollozaba sin poder articular palabra alguna, Aisha abrazó a aquel joven inconsolable.

 

Ahmed.- ¡Por qué Aisha! ¿¡Quiénes eran esos hombres!?

 

Aisha.- No lo sé pero tenemos que irnos de aquí y pronto.

 

Aline.- ¿Pero a dónde?

 

Jailed.- No lo sé pero si vuelven nos matarán. Vamos al cruce de Redigá, ahí se reúnen las tribus a comerciar.

 

Aline.- Pero es de noche y además está a un día de distancia.

 

Aisha.- Tiene razón pero no hay otro sitio más seguro. Es seguro que otras aldeas cercanas sufrieron la misma suerte. Recojan lo que puedan para el viaje, voy al pozo por agua. Temprano partiremos.

Roy.- Los cuatro sobrevivientes hicieron lo que Aisha sugirió y al poco tiempo emprendieron el penoso viaje rumbo al cruce de Redigá, donde las tribus intercambiaban comida, atuendos y armas.

Después de horas de caminar por el desierto se repartieron provisiones y agua, continuaron caminando hasta el atardecer. Pararon a descansar en un pequeño oasis formado por tres palmeras.

Aline.- ¿Por qué lastimaron esos hombres a nuestras familias?

 

Ahmed.- No lo sé, tal vez porque querían robarnos. (Respondió Ahmed intentando consolarla)

 

Jailed.- O alguien les hizo lo mismo a sus familias.

 

Aisha.- No piensen ya en eso, debemos descansar para mañana temprano iniciar nuestro camino, si nos apresuramos llegaremos al medio día.

 

Roy.- Los cuatro intentaron conciliar el sueño y después de horas lograron dormir. Era la noche fresca, la luna enorme y Venus su vigía. Olvidaron sus rezos, querían soñar para engañar a la mente, aunque fuera por unas horas.

Aline se despertó en varias ocasiones y Aisha la consolaba tierna y afanosa, al poco rato todos quedaron dormidos, abrazados, semejando una manada de cachorros que había perdido a sus padres.

La mañana siguiente los despertó con un tímido y cálido viento, Ahmed levantó a todos y después de ordenar sus ideas continuaron su camino durante cinco horas más. El miedo a criaturas del desierto como reptiles pasó de largo pues Aisha sabía que era mejor evitarlos viajando de día.  Llegaron al cruce de Redigá y vieron a lo lejos un conjunto de tiendones multicolores. Al acercarse les dio la bienvenida la algarabía y el movimiento clásico de la vendimia. Se mezclaron entre comerciantes que ofrecían telas, dátiles, especias, herramientas, armas y todo aquello que pudiera servir como moneda de intercambio o lo poco que se pudiera comprar con unos cuantos “dracmas”.

Al llegar hablaron de lo sucedido con algunos comerciantes y beduinos y ahí descubrieron que habían sido una de tantas víctimas de la barbarie occidental. Ninguno de ellos había escuchado el término “cruzados”, hasta ese día. Aunque interesados en el tema, la mayoría sabía lo que sucedía y les informaron que el camino más peligroso era la ruta que llevaba a Jerusalén.

Intentaron ofrecer sin éxito sus servicios a varios de los comerciantes, dado que había muchos niños en tareas domésticas o ayudando al padre gritando productos y precios. Los niños del lugar les preguntaban de dónde eran y

 

Aisha contó escuetamente su historia a algunos al tiempo que reunían comida y agua para ayudar a mitigar un poco el hambre y las penas.

Radamí, uno de los comerciantes cuyo oficio principal era el de tratante de esclavos llamó a Aisha.

 

Radamí.- ¿No quieres un dátil hermosa niña?

Ella se acercó y Radamí intentó tomarla por sorpresa de un brazo, Ahmed quien no perdía detalle, tomó una piedra y se la lanzó certeramente pegándole en la cara, Aisha corrió y se perdió entre los puestos. Corrió sin mirar atrás y llegó hacia donde estaba un anciano que aseaba a sus camellos. Esperó un rato y hurtó una de las herramientas que usaba el anciano para cortar el pelo de sus animales, con algunos de los trapos que traía formó un turbante y tomó uno de los ropajes de sus hermanos fallecidos para disfrazarse de niño.

Buscó a sus amigos y solo encontró a Aline, quien estaba asustada escondida tras las faldas de una mujer de avanzada edad, Aisha se acercó y le preguntó:

 

Aisha.-  ¿Qué piensas hacer?

 

Aline.- No lo sé, por lo pronto me quedaré aquí.

 

Adira.- Puedes dejarla conmigo, yo tengo dos hijos, ella me vendrá bien.

 

Aline.- ¿Y su esposo? ¿No se molestará?

 

Adira.- No te preocupes por él, pasó a mejor vida.

 

Aisha.-  ¿Se murió?

 

Adira.- Eso creo. Hace tiempo que se fue para formar parte de los ejércitos de Saladino.

 

Aline.- ¿Saladino?

 

Aisha.-  Dice que es el guerrero de Alá

 

Adira.- Así es hija, es nuestro gran defensor. Ya levántate hija, tu nombre es?...

 

Aline.- Aline señora, ella es mi amiga Aisha

 

Adira.- Yo me llamo Adira (Fuerza). Y ustedes de qué huyen.

 

Aisha.-  De los cruzados señora.

 

Adira.- Adira, recuerda, me llamo Adira.

 

Aisha.-  Sí Adira, los soldados acabaron con nuestra aldea, solo quedamos nosotras y un par de amigos que andan por ahí.

 

Adira.- Qué mal. Aquí no les faltará algo de pan y agua.

 

Aisha.- Gracias Adira, pero yo tengo que seguir.

 

Aline.-  ¿A dónde Aisha?

 

Aisha.- No lo sé, pero estoy segura que Alá tiene otros planes para mí.

 

Adira.- Una niña tan bonita sola en este lugar es una gran tentación para mucha gente mala, auqnue así puedes pasar por muchacho.

 

Aisha.-  Eso es lo que intento, además Alá me protegerá.

 

Adira.-  Ojalá mi niña porque Alá dice pero los hombres deciden.

 

Aline.- ¿Cómo es eso señora?

 

Adira.- Mira hija según el Corán, Alá concede la igualdad al hombre y a la mujer, los mismos derechos, virtudes y obligaciones.

 

Aisha.- ¿En serio?

 

Adira.- Pues no, los hombres deciden o dicen interpretar el Corán de otra forma.

 

Aline.- No entiendo Adira.

 

Adira.- A las mujeres no se nos permite la libertad de decir, decidir o de pensar. Casi todo lo decide nuestro esposo soberano.

 

Aisha.- No sabía eso, porque mi papá siempre fue tan bueno con todos nosotros.

 

Aline.- Y qué más Adira?

 

Adira.- Las hijas reciben una parte de la herencia, la mitad de lo que les toca a los hijos varones. Las mujeres debemos vivir bajo la sombra de nuestro marido. No se nos permite pasearnos a pie o a caballo.

 

Aisha.- ¿Y qué más Adira?

 

Adira.- Se nos prohíbe también reunirnos en grupos públicamente.

 

Aline.- Yo no quiero un marido así.

 

Adira.- No pueden repudiar a tu marido, eso va en contra de nuestras creencias, en cambio los hombres pueden hacerlo de nosotras sin que se tome como una deshonra para su familia.

Las mujeres con menstruación no podemos entrar en las mezquitas, orar o mantener relaciones sexuales. Además no podemos leer el Corán ni tocarlo. La ropa manchada de las mujeres con menstruación es impura.

Aisha.-  Eso no es justo Adira, qué bueno que aún somos niñas.

 

Adira.- Pues te tengo una mala noticia hija: las niñas que tienen su primera menstruación,  son consideradas mujeres adultas, por lo que se les busca marido. La familia materna no tendrá ningún derecho respecto a la elección del marido, será la familia del hombre quien escoja una mujer.

 

Aline.-  ¿Y si no me gusta el  hombre?

 

Adira.- La mujer deberá acatarse a la decisión y aceptar al marido le guste o no. Las esposas deben aceptar a las otras mujeres de su marido en casa, ellos sí pueden tener más esposas.

 

Aisha.- ¡¿En serio?!

 

Adira.- Los hombres pueden casarse hasta con cuatro mujeres.

Las mujeres son fuertemente castigadas, incluso con tortura y muerte por adulterio o por cualquier tipo de relación fuera del matrimonio, incluso estando divorciadas.

 

Aisha.-  ¿Y si me gusta un extranjero?

 

Adira.- La mujer musulmana debe casarse con un musulmán. No tenemos permitido matrimonios entre miembros de diferentes religiones.

 

Aisha.-  ¿Cuáles son los castigos?

 

Adira.-  Ay hija, no es por asustarte pero por adulterio es lapidación.

 

Aline.- ¿Qué es eso?

 

Aisha.- Que te matan a pedradas.

 

Adira.- Te entierran en un pozo, te cubren hasta el cuello dejando de fuera tu cabeza y te les lanzan piedras, ni muy pequeñas ni muy grandes.

 

Aline.- ¿Por qué?

 

Adira.- Para alargar la muerte y provocar más tu dolor, haciendo que sufras hasta morir.

 

Aline.- Ah, qué miedo!

 

Adira.- Por prostitución o asesinato los castigos son igual de duros. Incluso si declaras que fue violación.

 

Aline.- No entiendo.

 

Aisha.- Por robo te cortan una mano.

 

Aisha.- Pero si te fuerzan a tener sexo, ¿por qué te castigan?

 

Aline.- Es cierto en la aldea sucedió y mis padres no me dijeron por qué.

 

Adira.- En el caso de las violaciones, la mujer violada no tiene ninguna credibilidad, necesita al menos cuatro testigos que hayan visto todo, pero no pueden ser ni familiares ni amigos. Es decir, para que una mujer violada no sea condenada a muerte, debe ser violada en presencia de más de un desconocido y que estén dispuestos a declarar a tu favor.

Si la mujer violada se queda embarazada, el hijo será la prueba material del delito de adulterio y la mujer será lapidada en cuanto el bebé pase el período de lactancia.

 

Aisha.- Eso no puede ser Adira, es… es…

 

Adira.- Te entiendo, sin embargo así es.

 

Aline.- ¿Qué más Adira? Sigue que quiero saber más.

 

Adira.- Por beber alcohol, azotes y palizas

 

Aisha.- Yo ya no quiero saber. Mejor me voy

 

Aline.- ¡¿Sola?!

 

Aisha.- Sí cada quien tiene su destino y el mío no termina aquí.

(Adira abrazó a Aisha y le dijo al oído)

 

Adira.- Cuídate hija, desconfía hasta de tu sombra y espero que encuentres lo que buscas. No dejes que ese lindo cabello crezca hasta que estés a salvo.

 

Aisha.- Señora, tengo una duda.

 

Adira.- Dime hija.

Aisha.- Aunque sea niña, yo también soy musulmán.

 

Adira.- Mira hija, musulmán es una persona cuyo credo religioso es el Islam. ¿Crees en el Islam?

 

Aisha.- Sí señora, aunque no sé muy poco.

 

Adira.- La palabra Muslim significa que uno se someta a la voluntad de Alá, de Dios. Los musulmanes creen que la naturaleza misma es islámica, dado que sigue las leyes naturales dadas por Dios.

 

Aisha.- ¿Cómo es que sabe tanto?

 

Adira.- He leído bastante el Corán.

 

Aisha.- Pero el Corán solo lo pueden leer los hombres.

 

Adira.- Lo hacía a escondidas de mi esposo, ahora que él no está lo hago cuando me place y por supuesto, sin testigos.

 

Aisha.- Ahh entiendo, y ¿qué más? Seguro lo voy a necesitas si me haré pasar por muchacho.

 

Adira.- Creemos en Dios, sus ángeles, sus libros revelados, sus mensajeros, el Día del Juicio y la afirmación del destino que nos toca vivir, así como del Decreto Divino, para lo bueno y lo malo.

Los cinco pilares del islam en los cuales se funda la vida de un musulmán son:

El Testimonio de que no hay quien merezca culto salvo Dios y que Muhammad es su mensajero.

 

Aisha.- Siga, estoy intentando memorizar todo.

 

Adira.- Debemos orar cinco veces al día, a eso se le llama Salaah. El pago del azaque, que es generalmente el 2,5% de los ahorros anuales para un hombre y el 10% o el 20% de la producción para los agricultores. Este dinero o productos son distribuidos entre los pobres.

 

Aisha.- ¿Y sí se hace así?

 

Adira.- No siempre, pero en fin. También es importante que sepas de la abstención de comer, beber y tener relaciones sexuales desde el amanecer al anochecer en el mes de Ramadán (Sawm).

 

Aisha.- ¿Qué más?

 

Adira.- ¿Tienes buena memoria?

 

Aisha.- Sí señora, siga. Aunque eso de los pagos es muy complicado.

 

Adira.- La peregrinación a la Meca llamada Hajj,  durante el mes de Zul Hijjah, es obligatoria una vez en la vida para quien tenga la capacidad económica y física de hacerla. Creo que eso es lo más importante.

 

Aisha.-Yo fui educada entre varones, como niña creo en Alá, que es quien me cuida, él me da fuerzas. El desierto es ahora mi hogar y desconocidos mi familia, ignoro lo que el destino guarda para mí, pero sé en el fondo de mi corazón que mis recuerdos me harán soportar por lo que estoy pasando.

 

Adira.- Alá te llene de bendiciones y sea tu protector. Esas personas que ves junto al oasis partirán en caravana, ve con ellos.

Roy.- Aisha, abrazó a Adira y Aline y se despidieron, mientras Aisha se unió a la caravana que estaba por salir de Redigá.

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