
IX.- Justicia
La música convierte letras en imágenes

Era muy de mañana cuando Roy y Jean pasaron por un pequeño puente para llegar a una aldea.
Roy.- Ya solo faltan 3 días para llegar.
Jean.- Qué bueno, si no fuera por tus historias el camino sería en verdad tedioso. Cuál es esa aldea?
Roy.- La aldea Bolio. Cuidado con lo que haces, tienen fama de asesinos y ladrones.
Jean.- Qué bueno que me avisas. ¿Podemos rodearla?
Roy.- Necesitamos víveres.
Jean.- Yo te espero aquí.
Roy.- No seas gallina.
Jean.- Prefiero una gallina en el campo, que en el horno.
Roy.- De acuerdo. Regreso en un par de horas.
Jean se quedó a un lado del camino, entre un grupo de árboles a unos dos kilómetros del camino principal.
Roy entró a la aldea y se vislumbraba poca gente. Se acercó a un par de niños que estaban jugando.
Roy.- Niños, ¿dónde está toda la gente?
Niño.- Trabajando.
Roy.- ¿En dónde?
Niño.- En varios lugares.
Roy.- ¿Lejos?
Niño.- Cada vez más lejos.
Roy.- ¿Por qué?
Niño.- Porque ya los conocen.
Roy.- Ahh ya entiendo.
Roy siguió buscando quién le vendiera víveres hasta que llegó a una choza donde encontró una anciana de
poco cabello, largo, blanco y desarreglado, cara nutrida de arrugas y pocos dientes. Estaba sentada
despellejando una gallina y sólo subió la mirada para ver a Roy sin dejar su tarea.
Roy.- Buenos días señora. ¿Puede venderme un par de gallinas y pan?
Anciana.- Claro buen hombre. ¿Tienes con qué pagar?
Roy sacó de entre sus atuendos un pequeño saco con monedas y se lo mostró a la anciana, quien tiró la gallina a un balde lleno de plumas, sangre y lodo. Mientras se levantaba Roy intentó ayudarla y la anciana le lanzó severa mirada.
Anciana.- Yo puedo sola, no estoy tan vieja.
Roy.- Perdón señora.
Mientras Roy esperaba se alejó de la entrada debido al mal olor que salía de ella. La anciana entró a la choza y después de unos minutos salió con un par de gallinas muertas y un trozo grande de pan.
Anciana.- Acabo de ordeñar a mi cabra, ¿quieres un poco?
Roy.- Mmmm no gracias.
Anciana.- No te la voy a cobrar. ¿No te dará asco mi comida verdad?
Roy.- No señora de ninguna manera, se lo acepto, gracias.
La anciana se disponía a regresar a la choza por la leche y se detuvo unos segundos a mirar las gallinas y el pan, después de unos segundos decidió llevarse las cosas.
La anciana regresó con el recipiente de leche y se lo entregó a Roy.
Roy.- Gracias señora.
Roy miró el recipiente y a la anciana.
Anciana.- ¿Lo quieres o no?
Roy levantó la ceja izquierda y movió sutilmente la cabeza. Después de unos segundos la bebió de un sorbo.
Roy.- Mmm gracias señora muy rica. ¿Ahora puede darme las gallinas?
La anciana regresó por las gallinas y se las entregó junto con el pan a Roy, quien le pagó.
Roy.- Gracias señora que tenga buen día.
La anciana no contestó, solo lo miraba con detenimiento. Roy extrañado montó en su caballo, después de unos pasos comenzó a ver borroso y sentir un agudo mareo, intentó recuperarse sacudiendo la cabeza pero fue en vano. Después de unos pasos perdió el conocimiento y cayó del caballo. Cuando despertó había perdido la noción del tiempo y al abrir los ojos estaba de espaldas a la puerta de entrada con las manos amarradas a un tronco del techo. Tras de él escuchó voces.
Henrich.- ¿Es todo lo que traía madre?
Anciana.- Sí, lo revisé.
Henrich.- ¿Viajas solo?
Roy.- Soy parte de un batallón que acampó a poca distancia de la aldea.
Henrich.- ¡Mientes! No hay nadie.
Anciana.- ¿Estás seguro hijo?
Henrich.- Sí madre. Lo hubiéramos sabido inmediatamente.
Anciana.- ¿Qué harás con él?
Henrich.- Debe tener cerca de aquí su caballo. Tal vez no venga solo, debe traer más monedas o algo de valor.
Roy.- Si no regreso pronto mis compañeros vendrán a buscarme.
Henrich.- Si vinieras con un batallón no vendrías solo.
Roy.- Como quieras, es tu vida y la de tu madre las que están en juego.
Anciana.- Espera a tu hermano no tarda en llegar.
Henrich.- Dijo que venía en un par de días y ya lleva más.
Entró corriendo a la choza un niño llamado Boruslav.
Boruslav.- Henrich, Dicun está llegando creo que viene herido.
Henrich.- Te lo dije madre, esperen aquí, vigílenlo.
Roy intentaba liberarse cuando Boruslav le asestó dos golpes en la espalda con una gruesa vara.
En pocos minutos llegaron a la choza Dicun con Lyuben, sus compañeros, quien lo ayudaba a caminar llegar abrazándolo por la cintura.
Anciana.- ¿¡Qué te pasó hijo!?
Dicun.- Un desgraciado me cortó el brazo.
Al escuchar esta frase Roy apretó los dientes y miró hacia arriba.
Dicun.- Si no ha sido por unas piedras al rojo vivo me hubiera desangrado.
Roy solo movía la cabeza de lado a lado y dijo entre dientes.
Roy.- ¡No puede ser, Señor no me hagas esto!
Dicun.- ¿Quién es este?
Roy.- Un viajante que me quiso comprar gallinas.
Dicun.- ¿Qué le quitaste?
Anciana.- Sólo unas monedas y esa espada que está sobre la mesa.
Dicun.- No te creo madre si encuentro más monedas escondidas te voy a golpear de nuevo.
La anciana bajó la cabeza y sacó de entre sus ropas el pequeño saco con el resto de las monedas.
Dicun.- Dale la vuelta Henrich.
Henrich le dio la vuelta a Roy y Dicun lo miró desde los pies, cuando llegó al rostro su cara se transformaba cada instante hasta explotar en un grito.
Dicun.- ¡No puede ser! ¡Eres tú desgraciado!
Henrich.- ¿Lo conoces?
Dicun.- Es el que me quitó el brazo.
Lyuben.- ¡Es cierto es él!
Henrich Sacó un cuchillo de entre sus ropas.
Henrich.- ¿Lo mato Dicun?
Dicun.- No espera, déjame pensar cómo hacerlo sufrir
Hnerich.- ¿Le quemo las pelotas?
Dicun.- Voy a calentar el hierro mientras tú te diviertes con él.
De pronto entró a la choza una mujer con un elegante vestido azul y saya cubriendo su rostro, dejando expuesto tan solo su boca, pintada de un color rojo brillante, extendiendo sus brazos con los puños cerrados, como ofreciendo algo a Henrich y Lyuben, quienes se acercaron a ver que era.
Dicum.- ¿Quién es esa mujer?
Henrich y Lyuben levantaron los hombros y la mujer era tan extraña que la curiosidad fue mayor a la precaución. Ambos se acercaron sigilosamente para ver qué guardaba en sus manos cuando la extraña sopló un polvo en la cara de ambos que los dejó inmediatamente y temporalmente ciegos, con un ardor insoportable.
Henrich tiró el cuchillo y ambos intentaron salir golpeándose la cabeza en ambos lados de la puerta, cayeron al suelo y siguieron revolcándose del dolor.
La anciana se disponía a gritar por ayuda y la extraña mujer le tiró los pocos dientes que le quedaban de un golpe.
El niño Boruslav salió corriendo cuando le extraña mujer se quitó la saya mostrando el rostro de Jean.
Roy.- Levanta el cuchillo y corta la cuerda.
Jean.- ¿Sabías que era yo?
Roy.- No, hay cientos de vestidos como ese en la aldea, ¡idiota! Es la única ocasión en la que te permitiré
utilizar ese vestido, sabes lo importante que es para mi.
Jean.- ¿En serio quieres discutir sobre vestidos...ahora?
Roy.- Lo siento, pero apresúrate, no tenemos mucho tiempo.
Jean cortó la cuerda y Roy recuperó su espada. Antes de salir Roy tomó las gallinas y el pan que había comprado a la anciana, inmediatamente después salieron y tres de los ladrones venían en camino. Roy se ocupó de ellos haciendo lo que mejor sabía hacer: pelear. Cuando ambos corrían hacia donde estaban sus caballos Jean se tropezó con el vestido y calló en dos ocasiones, alzo las enaguas y continuó. Montaron sus caballos y se alejaron de la de la aldea.
Después de un rato pararon para comer.
Jean.- ¿Cómo están tus heridas?
Roy.- He tenido peores. Lo que tengo es mucha hambre.
Jean.- Paremos un rato, busco leña y tú preparas lo demás.
Ambos disfrutaron de una merecida comida y de un descanso relajante.
Jean.- ¿Y si continuamos mañana temprano? Le verdad es que estoy cansado.
Roy miró a Jean unos segundos y comenzó a reir.
Jean.- ¿Qué te pasa, de que te ríes?
Roy.- Te veías gracioso corriendo con vestido.
Jean.- Ni lo digas, eso quedará entre nosotros.
Roy.- De acuerdo, gracias por todo. ¿Qué era lo que les echaste en los ojos?
Jean.- Cantarella o Acquetta di Perugia.
Roy.- Conozco de venenos pero ese no lo conocía.
Jean.- Es un veneno inodoro, incoloro e insípido; se mezcla arsénico y vísceras putrefactas de cerdo secas.
Roy.- Parecía harina azúcar.
Jean.- Así es, polvo blanco similar al azúcar. Se considera un veneno muy tóxico que provoca la
muerte, tras atroces tormentos, en veinticuatro horas.
Roy.- Entonces esos sujetos ¿morirán?
Jean.- Es lo más seguro.
Roy.- Mmmm, no se pierde nada importante, creo que le hiciste un favor a la humanidad.
Jean.- Después de varias horas me preocupé y encontré tu caballo. Eso era muy mala señal. Entré a la aldea y escuché los gritos, me dije piensa, piensa y fue lo único que se me ocurrió.
Roy.- Qué bueno que te conocí, si hubiera hecho el viaje solo, tal vez no estaría aquí. Disfrutemos de la tarde.
Jean.- Y de las historias.
Roy.- ¿En qué me quedé?
Jean.- En que echaron por la borda a Esteban y los suyos.
Roy.- Ahh sí, ya recuerdo. Pues el viaje continuó por algunos días. El mar hundió dos de los barcos que estaban ya en malas condiciones, ya sabes, las negociaciones de Esteban no lograron obtener embarcaciones decentes. Además el mar estaba bastante malo. Para ese momento Ferdinand ya había muerto por la puñalada de
Esteban.
Gerome.- ¿Qué hacemos Monje Roy?
Monje Roy.- No podemos regresar, en un par de días llegaremos a Acre.
Gerome.- Perdimos dos barcos y tenemos pocas provisiones. No pudimos salvar a ninguno de los barcos hundidos por el mal tiempo.
Monje Roy.- Racionaremos aún más el alimento y la comida, pero llegando a Acre no hay nada qué hacer con los niños. No tenemos los recursos para abastecernos y regresar.
Gerome.- Ejércitos de la Quinta Cruzada ya deben estár en Acre.
Monje Roy.- Entonces ¿no éramos los únicos?
Gerome.- No, solo somos un señuelo.
Monje Roy.- Ahora entiendo. Mandaron a los niños cruzados para distraer a las fuerzas de Saladino.
Gerome.- Así es. El asunto es que somos muy pocos. Llegando a Acre la Quinta cruzada tomará el camino a
Damietta, Egipto mientras nosotros tenemos órdenes de partir a Jerusalén.
Monje Roy.- Podemos utilizar el contenido de los toneles de Esteban que quedaron para conseguir barcos y regresar. Según mis cuentas debieron quedar unos 10 por lo menos.
Gerome.- Estás equivocado.
Roy.- ¿No había 40?
Gerome.- No, eran 60.
Roy.- No es posible, ¿tanta fortuna amasó Esteban?
Gerome.- ¡Quién lo creyera! Y nosotros sufriendo por conseguir donaciones en las aldeas.
Roy.- Entonces todo está resuelto. Llegamos a Acre y con esta fortuna compramos lo que sea necesario.
Gerome.- No es tan fácil. En Acre hay gente de Juan Sin Tierra, Federico II, Felipe Augusto, Andrés II de Hungría y el Cardenal Pelagio. ¿Cree usted que nos dejarán regresar? Eso sin mencionar la riqueza que llevamos a bordo.
Monje Roy.- Lo peor es que si descubren los barriles nos quedaremos sin nada y abandonar a los niños no es una opción, cuando menos para mí.
Gerome.- Vamos a preocuparme por llegar a Acre y de acuerdo a como esté la situación decidimos.
Monje Roy.- Algo más me inquieta.
Gerome.- ¿Qué?
Monje Roy.- Hice cálculos de los niños que estaban en Bríndisi y los que embarcaron y me faltan 300.
Gerome.- No dudo que Esteban tenga que ver en esto. Anda ve por uno de los tres guardias que quedaron.
Roy.- Al poco tiempo regresé con Bogdan, uno de sus más allegados, al que se le perdonó la vida porque siempre se preocupó por los niños.
Gerome.- Solo te lo voy a preguntar una sola vez y de tu respuesta depende que no termines como Esteban.
Bogdan.- Dígame señor que si conozco la respuesta no pondré mi vida en riesgo.
Gerome.- ¿300 niños se quedaron en Bríndisi?
Bogdan.- Sí señor.
Gerome.- ¿Cuál fue la razón?
Bogdan.- Fue parte del trato que hizo Esteban por los barcos, él lo llamaba “bono de negociación”.
Monje Roy.- Los vendió como esclavos.
Bogdan.- Algo así.
Monje Roy.- ¿A quién los vendió?
Bogdan.- No lo sé, tal vez a alguno de los mercaderes con los que negoció
Gerome.- Regresa a tus labores.
Bogdan.- Sí señor.
Gerome.- No hay más qué hacer.
Roy.- Cuando regresemos a Bríndisi tenemos que investigar a dónde llevaron a esos niños. Restringimos los alimentos y el agua hasta que llegamos a Acre.
Gerome.- No creo que sea posible.
Monje Roy.- ¿Por?
Gerome.- Ya han de estar regados por varios poblados o tal vez en Egipto.
Monje Roy.- Habrá que intentarlo.