
VI.- Las alianzas
Los villanos también se imaginan mejor con música.

Después de la opípara comida Roy y Jean durmieron un par de horas. Roy despertó después de un par de horas, miró a su alrededor sin encontrar a Jean. Sus caballos estaban a unos metros, caminó un poco por la aldea buscando a su compañero cuando éste salió de una casa a paso veloz.
Jean.- No preguntes y monta tu caballo.
Roy.- ¿Qué sucede?
De pronto un aldeano de cuerpo enorme blandía amenazador una hoz, tras de él una dama semidesnuda intentaba detenerlo. Jean apretó el paso mientras Roy intentaba dialogar con el enfurecido aldeano.
Roy.- Caballero podemos hablar, no hay razón para exaltarse.
El aldeano arremetió contra Roy quien haciéndose a un lado lo tomó por el brazo lo tiró al suelo. Más habitantes salieron de otras casas con palos y cuchillos, por lo que Roy corrió por su caballo y emprendió graciosa huida. A unos 100 metros Jean adelantaba el paso como alma que lleva el diablo. En un par de minutos Roy lo alcanzó.
Roy.- ¿Qué hiciste Jean? ¿Así son todos los escribanos?
Jean.- Perdona pero después de saciar mi apetito se presentó la oportunidad de usar mi…mi
Roy.- ¿Tu pluma?
Ambos se quedaron viendo y el silencio momentáneo fue interrumpido por una gran carcajada de ambos.
Roy.- Eres una amenaza, guarda tu pluma para contar historias no para crearlas.
Jean.- Lo prometo.
Ambos continuaron el viaje y Roy retomó su historia.
Roy.- Esteban ya había comenzado a tramar sus alianzas. Tuvo algunos días para pensar en las ventajas de ser el líder espiritual de un evento que día a día crecía y en sus aires de grandeza se veía como Moisés conduciendo a los israelitas hacia mejores tierras.
Las noticias de la “Cruzada de los niños” habían llegado a muchos de los rincones de Francia y en muchos de los lugares por donde pasaban se organizaban comitivas infantiles portando cruces y estandartes. En estos desfiles se entonaban cantares que fueron convirtiéndose en himnos, uno de ellos decía:
“Confiados marchemos en que la gloria que hemos soñado alcanzaremos con paciente constancia. El Señor vengar quiere por mano de la infancia al que en una cruz muere.
De remotos confines manda los paladines el Espíritu Santo”
Salieron de la fortaleza e iniciaron su camino, en lo que asemejaba un desfile lleno de esperanzas y sueños, no solo de los investidos como pequeños cruzados, sino de los padres y pobladores que aún no despertaban de aquel trágico sueño.
Esteban vivía sus minutos de fama sin dar importancia a la tristeza de las miles de familias que consciente o inconscientemente, por fanatismo o credulidad, encomendaron a sus hijos a un grupo con dudosas intenciones.
En las afueras de los castillos hay tantas aldeas donde la vida de los niños y niñas era oscura, de trabajo rudo, poca diversión, dormían sobre el estiércol de los caballos o en difíciles condiciones, por lo cual muchos de ellos no dudaron en tomar la iniciativa de aventura que se les ofrecía. El paso de los pequeños cruzados daba aliento y esperanza a todos aquellos que habían nacido bajo la sombra de la pobreza. Durante días el ánimo y las fuerzas estaban intactas, cada día recorrían campos y sembradíos. Le gente les compartía algo de lo poco que tenían.
Esteban ya había rediseñado su imagen pues ahora vestía de blanco con una cruz roja en el hombro derecho. Paso de ser una víctima a un arrogante líder espiritual, puesto que el mando general estaba a cargo de Ferdinand.
Un séquito de guardaespaldas vestidos también de blanco lo seguían, solo que sin la insignia roja, lo cuidaban de las tentativas para asesinarlo ya que Esteban ya tenía muchos enemigos que intentaban terminar de una vez por todas con su delirante campaña.
Durante una noche llegó a su tienda un hombre robusto, calvo y manco, de ceja junta y ojos claros.
Ernand.- ¿Puedo ver al padre Esteban?
Guardia.- ¿Quién eres?
Ernand.- Me llamo Ernand, soy hombre de negocios y requiero hablar con el padre Esteban.
Guardia.- ¿Viene a realizar alguna donación a la causa?
Ernand.- Puede decirse.
Guardia.- Espere aquí.
El guardia llamado Alessandro entró a hablar con Esteban, mientras otro guardia franqueaba el acceso. Después de unos minutos, el guardia regresó, revisó rápidamente que el visitante no portara arma alguna y lo condujo ante Esteban.
Esteban.- Adelante hijo mío, me dicen que tienes una donación para la causa.
Ernand.- Pues no precisamente padre, más que eso, un buen negocio con el que puede beneficiar a su causa y a sí mismo.
Esteban.- Explícate hijo mío que soy un hombre ocupado y en breve partiremos.
Ernand.- Sus batallones no solo requieren de pan, rezos, también tienen necesidades más carnales.
Esteban.- Te refieres a los soldados, no a los niños.
Ernand.- Claro padre, soy ante todo un buen cristiano.
Esteban.- ¿Y eso que tiene que ver conmigo?
Ernand.- Han sido bendecidos con los favores de cada sitio que visitan con donaciones y alimentos. Todo mundo lo sabe. Sin embargo sus soldados no tienen a la mano una bella dama que aquiete sus momentos de necesidad.
Esteban.- ¡Guardia!
Ernand.- Señor, Padre, no lo tome tan enserio, solo quería contribuir a la causa.
Alessandro.- Dígame padre.
Ernand no sabía que esperar y sintiéndose amenazado estaba a punto de sacar una daga que tenía escondida, pero espero unos instantes.
Esteban.- Alessandro ¿Cuántos soldados tiene Ferdinand?
Ernand respiró profundamente.
Alessandro.- Más de 5,000
Esteban.- Sin contar niños y mujeres.
Alessandro.- Así es señor, niños son más de 25,000 niños y algunos cientos de mujeres.
Esteban.- ¿Cuántas damas en cuestión tienes disponibles?
Ernand.- Unas 200 mi señor.
Esteban.- Esa cantidad es insuficiente mi estimado.
Ernand.- Puedo conseguir otro tanto mi señor.
Esteban.- Te diré cómo le vamos a hacer.
Ernand.- ¿Me permite hacer primero mi propuesta?
Esteban.- Después hijo. Ahora ve con mi gente para que te provean de sustento y resguardo
Alessandro.- Yo me encargo señor.
Esteban.- Encárgate de que esté cómodo. A cambio recibiré por cada servicio el 50% y tú el 30%
Ernand.- ¿Y el 20% sobrante?
Esteban.- ¿Tus damas de compañía trabajan por amor al arte?
Ernand.- No señor, pero el 20% es mucho, no cree.
Esteban.- No pequemos de codicia mi buen amigo.
Ernand.- Pero padre eso es algo injusto para mí no cree.
Esteban.- Si así lo crees ve con tu propuesta a otro lado.
Ernand.- No es eso padre, quiero contribuir a la causa. ¿Qué le parece 40 para mí y 10 para ellas?
Esteban.- Mmmm, de acuerdo tú sabrás.
Ernand.- ¿Es un trato?
Esteban.- Si pero si descubro que les quitas un solo centavo haré que te echen a los perros que mueren por comida y se han convertido en fiel compañía de esta cruzada.
Ernand.- Sí señor le doy mi palabra.
Esteban.- Mmmmm, no es de gran valor pero en fin. Todo deberá estar listo para mañana. Alessandro, mi guardia personal, te dará instrucciones.
Roy.- Ernand salió de con Esteban y Francesco, uno de sus ayudantes le preguntó.
Francesco.- ¿Cómo le fue maestro?
Ernand.- Es un desgraciado pero vamos a hacer buenos negocios. Me dejó con un 40%.
Francesco.- ¿Eso es mucho?
Ernand.- Yo venía con la intención de negociar un 70% para nosotros.
Francesco.- ¿Cuántas mujeres quiere?
Ernand.- 200
Francesco.- ¿Y de dónde vamos a sacar tantas?
Ernand.- Dile a los otros que necesito que a las niñas de los poblados cercanos.
Francesco.- Pero y sus padres, no tenemos tanto por ofrecer.
Ernand.- Ofrezcan sólo dos monedas por cada una y maten a los que no quieran negociar.
Roy.- Michelle uno de los niños cruzados estaba escuchando todo lo que decía Ernand y Francesco cuando tras de él, Rodrigo su amigo lo llamó.
Rodrigo.- Michelle te llama el capitán.
Roy.- Ernand y Francesco se percataron que Michelle los había escuchado y corrieron tras de él. Francesco lo tomó por un brazo y lo llevó con Esteban.
Ernand.- Sr. Alessandre sorprendí a este niño escuchando nuestra charla.
Alessandre.- Déjemelo a mí señor. Le comentaré al padre Esteban.
Roy.- Ernand y Francesco se retiraron y Alessandre llevó a Michelle con Esteban. Ignoro lo que haya sucedido pero al siguiente día el pobre Michelle apareció muerto con un golpe en la cabeza, Esteban y los suyos aseguraron que un caballo lo había pateado.
Esteban había logrado convertir al ejército cruzado en una mezcla de rameras, delincuentes de diversa índole, tahúres, asesinos y otros personajes que se mezclaron con los no pocos hombres y mujeres que pedían limosnas a nombre de la causa.
Jean.- Lo mismo en cada cruzada. Tal parece que las peores calamidades son imán para la podredumbre humana.
Roy.- Así es, ese Esteban hizo más daño que los mismos sarracenos.
Gerome principal asesor de Ferdinand era un soldado de 40 años, compañero de varias batallas y amigo personal. Ambos se encontraban en su tiendón planeando la travesía.
Ferdinand.- El imbécil de Esteban piensa que el pan caerá del cielo.
Gerome.- Eso he escuchado, aunque también sé de buenas fuentes que se está rodeando de gente indeseable.- ¿Por qué el obispo nos encomendó tan fallida tarea?
Ferdinand.- Somos su gente de confianza, ¿Cuánto tiempo durarán los víveres?
Gerome.- Un mes a lo mucho. Aunque es difícil saberlo porque en cada aldea nos han ofrecido muchas cosas, e incluso animales.
Ferdinand.- Después tendremos que utilizar nuestras propias herramientas para hacernos de “donaciones”.
Gerome.- Por eso creo que Esteban y su gentuza nos serán de utilidad más adelante. Señor quiero decirle que los batallones están molestos.
Ferdinand.- Lo sé, no solo tendrán que cuidar de sí mismos, también tendrán que hacer de niñeras.
Gerome.- Ya tengo la ruta señor.
Ferdinando.- ¿Saldremos a Milán?
Gerome.- No lo recomiendo señor, después tendremos que pasar por Ragusa y como sabe usted está construida en una colina de piedra caliza entre dos valles hondos, los niños no podrán atravezarla, cuando menos la mayoría. Si logramos pasar tendremos que hacerlo por Durazzo, para llegar a Bríndisi.
Ferdinand.- Sí ya recuerdo, es una trampa del mar Adriático. ¿Y si vamos por Génova?
Gerome.- Habrá que rodear todo el sur del Reino Lombardo (Italia) pero antes pasar los Alpes.
Ferdinand.- No van a aguantar el frío. ¿¡Entonces!? Es mejor por tierra hasta Bari y de ahí a Bríndisi.
Gerome.- Nos vamos por Provenza, Tarascón y de ahí a Venecia.
Ferdinand.- De todos modos tenemos que pasar los Alpes
Gerome.- Tendremos que rodear hasta Torino (Turín)
Ferdinand.- ¿Cuánto tiempo perderemos?
Gerome.- Varias semanas, tal vez meses, de ahí a Zara (Zadar), ahora bajo el mando de
Venecia. En Bríndisi abordamos los barcos hasta la ciudad de Acre a orillas del Mediterráneo.
Ferdinand.- Se dice fácil.
Gerome.- Así es señor. Aunque también podemos tener una segunda ruta comenzando por Marsella, de ahí en barcos. Pues esa es mi mejor propuesta lo que suceda estará en manos del señor.
Ferdinand.- Vamos a dividirlos en tres grupos, uno bajo mi mando, el otro bajo el mando de Serge y el tercero con Ruan.
(Gerome levantó la ceja izquierda al escuchar el nombre de Ruan)
Ferdinand.- Sí lo sé, no es precisamente uno de tus mejores amigos, pero es un excelente soldado y líder, aunque sabemos que ha sido acusado de insubordinación.
Gerome.- Mándelo de avanzada señor.
Ferdinand.- Eres malvado Gerome.
Gerome.- Además su batallón tiene experiencia en saqueos, perdón en “donaciones”, encomiéndele la tarea del abastecimiento.
Ferdinand.- Así lo haremos, mañana daré las órdenes.
Roy.- Ambos batallones iniciaron la travesía en invierno para llegar a los Alpes en Primavera y sufrir en menor grado los fríos congelantes.
Serge salió con su batallón dos semanas antes, mientras Ruan se dirigió a Marsella. Auguste y Joss formaban parte del batallón de Ferdinand. Con el batallón de Ruan iba Goliardo, un joven clérigo amigo mío, del cual supe hasta años después.
Jean.- ¿Qué pasó con ese batallón donde iba tu amigo Goliardo?
Roy.- Después de cuento. Mientras tanto Esteban y su gente concentraban sus esfuerzos en conseguir “donaciones” en cada poblado por el que pasaban y después de abastecer a sus guardias, socios y demás, repartían entre los niños lo que sobraba, que por supuesto en ocasiones era insuficiente.
La falta de víveres y las enfermedades propias de las bajas temperaturas no se hicieron esperar al rodear los Alpes. Muchos de los niños y soldados murieron de pulmonía, algunos de ellos de gangrena debido a golpes recibidos por caídas de caballo y el racionamiento de alimentos.
Auguste y Joss fueron más que cuidadosos y seguían al pie de la letra todas las indicaciones, pusieron en práctica el poco entrenamiento recibido y así lograron librar esta batalla contra el frío.
Las bandas de asaltantes permanecían a poca distancia de un grupo que se rezagó por más de un kilómetro. Los maleantes esperaron el momento propicio para dar el golpe franqueándolos por ambos lados.
Joss.- ¿Supiste de los rezagados del batallón de Bernardo?
Auguste.- Sí, es una pena. ¿Por qué no regresamos a salvarlos? (preguntó a su capitán Gerard)
Gerard.- Porque arriesgaríamos a otro batallón y además retrasaríamos nuestro camino. Además solo son unos 10.
Auguste.- Algunos de mis amigos están en ese grupo. No es justo terminar como alimento de los lobos o a la suerte un grupo de asaltantes.
Gerard.- ¿¡Quieres regresar a salvarlos!? Estás en libertad de hacerlo pero no cuenten con refuerzos.
Auguste.- ¿Qué tan lejos están?
Gerard- A media hora de camino.
Auguste.- ¿Cuánto tiempo van a descansar señor?
Gerard.- Una hora a lo mucho. ¿Qué es lo que estás pensando muchacho?
Roy.- Auguste salió a galope y lo alcanzaron Cappi y Kavi. Después de poco menos de media hora vislumbraron a un grupo de 11 hombres asediando a un grupo de 15 muchachos que se defendían lanzando piedras y se habían resguardado arriba de un risco.
Kavi.- ¡Ahí están!
Auguste.- Gracias al cielo aún hay algunos vivos.
Cappi.- ¿Qué hacemos?
Auguste.- Lancemos el ataque lo más rápido posible.
Los tres cabalgaron velozmente y al acercarse tres de los asaltantes huyeron, llevándose algunos de los caballos de los muchachos junto con sus provisiones.
Se quedaron ocho asaltantes y uno de ellos disparó un par de flechas, mismas que Auguste Kavi y Cappi lograron eludir. Cuando se encontraron a unos veinte metros Auguste soltó las riendas de su caballo y comenzó a disparar sus flechas con tal rapidez que hirió a dos en el estómago, a otro en el cuello y uno más en un ojo. Kavi con su mayal cortó la garganta a dos e hirió a uno más en la cabeza, mientras Cappi con su vara desarmó al último asaltante rompiéndole algunos dedos de la mano derecha con su vara, por lo que huyó corriendo al tiempo que Kavi lanzaba su mayal clavándolo en la espalda de aquel infeliz.
Auguste.- Bajen amigos. ¡Todos están bien?
Antonio.- Sí pero cuatro murieron.
Roy.- Los muchachos bajaron y compartiendo su montura regresaron con el batallón.
Al regresar Auguste fue a ver a Gerard y con ira reprimida le reclamó:
Auguste.- Ahí están sus muchachos señor, sanos y salvos. Gracias por su apoyo y confianza.
Roy.- Auguste regreso a las filas y junto con Kavi y Cappi fue vitoreado por los integrantes de su batallón.
Al poco rato descansaron y Joss se le acercó.
Joss.- Ferdinand dio la orden de no regresar a salvar al grupo.
Augusto.- Eso no es ser un buen cristiano, un templario no dejaría a un compañero de armas.
Joss.- Lo entiendo y comparto tu opinión pero no podemos hacer nada.
Auguste.- El padre Esteban nos dijo en Vendóme que el Dios nos iba a proteger, que no faltaría el alimento y que…
(Joss lo interrumpió)
Joss.- Sí, sí, dijo muchas cosas pero como lo habrás descubierto, fueron puras mentiras.
Auguste.- Díselo a los cuatro que murieron allá en el risco.
Roy.- Después de algunas semanas llegaron noticias de Serge.
Cercanos a Venecia, Gerome y su caballo negro azabache alcanzaron a Ferdinand.
Gerome.- Señor, noticias de Serge.
Ferdinand.- ¿Qué dicen?
Gerome.- Llegaron a Zara.
Ferdinand.- ¿Pérdidas?
Gerome.- Más de la mitad.
Ferdinand.- ¿De soldados?
Gerome.- No señor, de los niños.
Ferdinand.- Era de esperarse, pudo haber sido peor. Nosotros hemos perdido un tercio y aún no hemos pasado lo peor. ¿Víveres?
Gerome.- Han recaudado bastante y con las pérdidas están sobrados.
Ferdinand.- Los alcanzamos en Acre.
Gerome.- ¿Qué hacemos con los enfermos?
Ferdinand.- Los dejaremos en los monasterios, con los Hospitalarios.
Jean.- ¿Hospitalarios?
Roy.- Era una orden religiosa fundada en Jerusalén, se encargaba de los enfermos.
Pues como era de esperarse el frío era terrible, rodear los Alpes les llevó 14 días. Apenas podían dormir por las noches con las mantas y el calor de las fogatas. La leña era escrupulosamente administrada y cada mañana hacían recuentos para ver quién tuvo la suerte de despertar y quién infortunadamente había pasado del sueño al letargo permanente.
Las noches eran largas y estaban acompañadas por los aullidos de manadas de lobos que seguían a las caravanas, día a día se encargaban de aquellos que no tuvieron la suerte de ver un amanecer más.
Ferdinand.- ¿Cuántos enfermos tenemos nosotros?
Gerome.- Muchos señor.
Ferdinand.- No hay más qué hacer, además retrasan el paso y no podemos detenernos más o no alcanzaremos a Serge.
Gerome.- Qué hacemos con ellos.
Ferdinand.- Escoge a un soldado por cada 10 niños. Que se queden a resguardarlos, cuando mueran que nos alcancen.
Gerome.- Sí señor. Qué pena, pobres niños.
Ferdinand.- Yo también tengo hijos, pero esto es el resultado de las estupideces del obispo.
Gerome.- Y del imbécil de Esteban. Señor y si dejamos a Esteban y a los suyos al cuidado de los niños.
Ferdinand.- Qué más quisiera, pero el obispo no me lo perdonaría. Ahora ha de estar brindando con los señores organizando una verdadera cruzada.
Gerome.- ¿O sea que solo somos un señuelo?
Ferdinand.- ¿Tú crees que él da alguna esperanza a la Cruzada de los niños?
Gerome.- Pero ¿qué caso tiene, en qué les puede servir?
Ferdinand.- Desde hace meses está organizando con el Rey otra cruzada. Cuando lleguemos a Tierra Santa, si lo logramos, vamos a ser el distractor, nos van a atacar mientras los cruzados van a tomar esa ventaja.
Gerome.- Entonces ya debieron de haber salido.
Ferdinand.- Así es parte de un plan.
Gerome.- ¿Y nosotros también?
Ferdinand.- Mis órdenes son llevarlos a las afueras de Jerusalén y unirme a los batallones cruzados.
Gerome.- ¿Y qué va a pasar con los niños?
Ferdinand.- Todos apuestan a que Saladino no atacará a un batallón de niños y cuando se dé cuenta será demasiado tarde.
Gerome.- Es una apuesta muy riesgosa.
Ferdinand.- Así es, pero nuestras órdenes es mantener vivos a la mayor parte de los niños.
Roy.- Continuaron su travesía, dos terceras partes llegaron a Venecia donde fueron recibidos como héroes y la bondad de los venecianos logró acoger a muchos de los niños enfermos. Descansaron en Venecia, Joss y Auguste fueron cuidados por una familia acomodada que les dio asilo y alimento durante su descanso. Joss cayó en cama por unos días debido al daño que le causaron los intensos fríos cuando rodearon los Alpes. Después de unos días de descanso continuaron a la ciudad de Zara donde unas tropas se agregaron al contingente.
Anatole, era uno de los soldados de dicho contingente.
Anatole.- Sabes dónde está el padre Esteban? (preguntó el soldado a un cocinero)
Cocinero.- Como a cinco tiendas hacia al final. ¿Para qué lo busca?
Anatole.- El padre Esteban fue la razón por la que me uní a la causa.
Cocinero.- Mmm… qué mal.
Roy.- Anatole esperó que anocheciera y se dirigió hacia el cuartel de Esteban, unos metros antes de llegar sacó de entre sus ropas una bella cruz forjada en oro y piedras, del tamaño de una mano adulta y la colgó a su cuello. Se acercó al acceso franqueado por dos guardias y cuatro antorchas de cada lado.
Anatole.- Quisiera tener una audiencia con el padre Esteban.
Alessandre.- ¿A quién anuncio?
Anatole.- Anatole de Cloies
Alessandre.- ¿Asunto?
Anatole.- Soy soldado nuevo del contingente.
Alessandre.- Sí, sí, cuál es el asunto que debo anunciar?
Anatole.- Traigo mensaje importante de un importante mercader de Vendome.
Alessandre .- ¿Alguna donación?
Anatole.- Así es.
Alessandre.- Espere aquí.
Minutos después regresa el guardia.
Alessandre.- El padre Esteban lo recibirá, pero antes debe dejar sus armas.
Anatole entregó sus armas y el Alessandre lo revisó minuciosamente antes de permitirle el acceso.
Alessandre.- Sígame.
Roy.- Anatole fue conducido por el guardia hasta una esquina donde se encontraba Esteban orando, el guardia permaneció a lado de Anatole, después de unos instantes Esteban se incorporó y tomó asiento en su sitio acostumbrado.
Esteban.- Me dice Alessandre que tienes un mensaje importante proveniente de Vendome.
Anatole.- Así es padre. Me envía uno de los mercaderes más ricos de Vendome.
Esteban cambió inmediatamente su actitud y se tornó atento y cordial.
Esteban.- Que cruz tan bella trae amigo.
Anatole.- Es un obsequio de mi amo por esta encomienda.
Esteban.- ¿Y cuál es ese mensaje amigo?
Anatole.- Uno de sus hijos forma parte de su ejército.
Esteban.- Hay hijo mío, son tantos que no llevamos un registro estricto de cada uno de ellos. Pero si me dices su nombre podré ponerlo bajo mi protección personal.
Anatole.- Michelle Caberiege.
Esteban.- Anota su nombre y mañana temprano lo encuentras y lo traes para asignarle nuevas y más sencillas tareas.
Anatole.- Mi señor está dispuesto a donar una buena suma si garantiza la seguridad de su vástago.
Esteban.- De acuerdo, de cuánto estamos hablando.
Anatole.- Si le parece, mañana que Michelle esté a salvo continuamos nuestra charla.
Esteban.- Me parece justo. ¿Gusta cenar algo?
Anatole.- No gracias, debo regresar a mi batallón. Con su permiso me retiro.
Esteban.- Ve con Dios hijo mío. Y cuida esa cruz, que nunca había visto tal gema. Espero que forme parte de tu donación.
Anatole.- Yo también señor.
Anatole regresó con su batallón.
Esteban.- Vamos a hacer un recorrido Alessandre ponme la túnica.
Roy.- Alessandre vistió a Esteban con su impecable túnica blanca y salieron para hacer su recorrido a pie. Vadoma y Bavol se encontraban aseando a su caballo con agua y jabón hecho con cenizas de una planta llamada haya, grasa de cabra y aceites aromáticos. Al pasar Esteban, el caballo de los muchachos se sacudió manchando la impecable y blanca túnica.
Esteban.- ¡Imbécil! Has manchado mi túnica.
Vadoma.- Perdón padre fue un accidente.
Bavol.- Perdone padre pero el caballo no sabe de túnicas, solo se sacudía el agua.
Esteban.- Deja tu lengua quieta muchacho o te la cortaré.
Alessandre.- ¿Quiere que los azote señor?
Esteban.- No, tengo una mejor idea.
Roy.- Bavol y Vadoma siguieron la orden de Esteban al pie de la letra, durante horas quitaron las manchas con su lengua, después lavaron y secaron una de tantas túnicas que Esteban poseía, hasta que lograron recuperar la blancura y limpieza de aquella prenda.
Cuando Los jóvenes llevaron orgullosos la túnica a Esteban, éste la observó y dijo:
Esteban.- Hicieron un buen trabajo muchachos.
Roy.- Y a continuación la hizo bolas y la tiró al piso. Los muchachos bajaron la cabeza y regresaron con sus compañeros. Era increíble la transformación que había sufrido aquel supuesto clérigo, ahora convertido en un engreído tirano y mercader de la muerte.
Jean.- Todos llevamos dentro a un pequeño tirano. Con el suficiente poder puede brotar de formas inimaginables.
Roy.- No todos Jean. Hay líneas que algunos nos trazamos y de ninguna manera pasaríamos. Es cuestión de honor y buena cuna.
Jean.- Es difícil de creerlo, aunque no a todos nos deslumbra el poder. En lo personal me es incómodo dar órdenes, prefiero llevarme bien con las personas, creo en el poder de la negociación.
Roy.- ¿Pero cuando ese poder no logra su cometido? ¿No te atrae la idea de sólo dar una orden y que ésta se obedezca?
Jean.- No concuerdo con aquella frase de Nerón: “prefiero que me odien, con tal que me teman”.
Roy.- Bien dicho.
Jean.- Pero ya nos desviamos de la historia.
Roy.- Auguste permanecía junto a su fiel compañero hasta que éste despertó de su largo sueño.
Auguste.- Creí que no despertabas.
Joss.- Esa fiebre me tenía muerto.
Auguste.- Así te veías.
Joss.- La familia Bortelle me dio unas infusiones maravillosas.
Auguste.- Qué bueno porque el capitán estaba por dejarte, como a los otros.
Joss.- Sí lo supe, pero yo no seré una de los caídos antes de la batalla.
Auguste.- Han sido semanas difíciles pero sé que pronto llegaremos.
Joss.- ¿Viste lo hermosa que estaba Gina Bortelle?
Auguste.- Sí una niña hermosa en verdad. Creo que ya estaba pedida por una familia importante de Venecia.
Joss.- Sí lo supe. Nunca disfruté tanto de una fiebre, bueno de dos.
Roy.- Auguste y Joss rieron, cuando el capitán dio la señal y todos reanudaron la marcha.
Gerome y Ferdinand cabalgaban juntos.
Ferdinand.- ¿Recuento?
Gerome.- Más de 2,500 niños se quedaron en Venecia
Ferdinand.- ¿¡Cómo!?
Gerome.- Las familias que se ofrecieron para cuidarlos durante nuestra estancia les ofrecieron asilo permanente.
Ferdinand.- ¡Eso es deserción!
Gerome.- Señor, son solo niños. Si para los soldados ha sido difícil, para ellos ha sido un
infierno, pero como usted ordene señor.
Ferndinand.- No podemos enfrentar a las familias venecianas.
Gerome.- Muchos nos ven como monstruos por considerar a los niños soldados de Dios.
Ferdinand.- Y muchos más nos ven como héroes. En fin continuemos.
Gerome.- Hay algo más señor.
Ferdinand.- Como si fuera poco, habla.
Gerome.- Se dice que algunos mercaderes se ofrecieron para llevar a los niños a Tierra Santa. Cuando estén recuperados.
Ferdinand.- Imbéciles, terminarán en Egipto como esclavos. Eso ya lo han hecho en otras ocasiones. Nada de esto a los demás, ¿entiendes?
Gerome.- Sí señor, así será.
Roy.- Al caer la tarde apareció Anatole frente a la tienda de Esteban y Alesandre lo anunció como de costumbre. Instantes después fue revisado y conducido con Esteban, su fiel guardia permaneció siempre a su lado.
Esteban.- Adelante hijo mío.
Anatole.- Padre he venido a continuar con mi encomienda.
Esteban.- Alessandre ¿tenemos ya la información de nuestro amigo Michelle?
Alessandre.- Sí señor, está a salvo en el batallón de San Miguel.
Anatole.- Según me informó mi amo el joven Michelle murió a causa de uno de sus caballos.
Esteban.- Eso es un error, ¿no Alessandre?
Alessandre.- Así señor. Según me informaron está sano y salvo. Aunque no es el único Michelle que tenemos en nuestro ejército.
Esteban.- Gracias Alessandre. Pues bien señor, el joven Michelle goza de buena salud así que hablemos de la donación. ¿A cuánto asciende?
Anatole.- De un poco más de lo que pueda contar en vida.
Roy.- Esteban y Alessandre se miraron sin entender, mientras Anatole jaló la parte inferior de la cruz que colgaba sobre su pecho, que en realidad era una daga. Cual felino se abalanzó sobre Alessandre quien se disponía a desenvainar su espada y Anatole le hundió el arma en el cuello, derribando a su enemigo, mientras Esteban pedía auxilio. Al recibir el embate de Anatole, Esteban puso su mano cubriéndose del ataque siendo atravesada por la daga. Al sacar su daga de la mano de Esteban, Anatole se miró la boca del estómago y veía como salía la punta de una lanza. Ultrich, otro de sus guardias personales escuchó a Esteban y entró para terminar con el atacante.
Esteban fue atendido de la herida en la mano y Anatole tirado a los perros, que seguían al campamento esperando cualquier sobra de comida o cuerpo infortunado.
Días después Alessandre preguntó a Esteban.
Ultrich.- Señor, ¿qué hacemos con el joven Michelle?
Esteban.- Ese hace tiempo que pasó a mejor vida, es al que le pasaste tu caballo por encima.
Ultich.- Ahhh, ya recuerdo, por eso le pagaron para venir a matarlo mi señor.
Esteban.- Estoy seguro.
Ultrich.- Seguro mandarán a alguien más para asesinarlo. El nombre de Michelle siempre me ha parecido un mal augurio.
Esteban.- ¿Qué propones? ¿Matar a todo aquel que hayan bautizado con ese nombre?
Ultrich.- Cómo usted lo ordene.
Esteban.- No seas estúpido, tenemos cosas más importantes en qué pensar. ¿El dinero y joyas están bien resguardados?
Ultrich.- Sí señor.
Esteban.- De ello depende tu vida. Refuerza mi seguridad.
Alessandre.- Así lo haré señor.