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XII.- Marsella

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Las sombras son más oscuras con las notas precisas

Roy.- Yo te he hecho el camino más amable con mis historias pero cuál es la tuya.

 

Jean.- No tengo historias tan interesantes como las que has contado.

 

Roy.- ¿Siempre has sido escribano?

 

Jean.- No, el escribano era mi padre.

 

Roy.- ¿Y te enseñó el oficio?

 

Jean.- Eso intentó durante mi juventud.

 

Roy.- ¿No quieres hablar de eso?

 

Jean.- Mmmm, nunca lo hago pero a ti no te lo puedo negar. Pues hace muchos años era un joven sin rumbo, sin camino, tenía una mujer, dos hijas, Marguerite y Alba y ese maldito apego al vino.

 

Roy.- Mmm, qué malo.

 

Jean.- Así es. Mi madre murió al nacer yo. Vivíamos con mi padre que era el que nos mantenía con su oficio de escribano. Siempre me trató de encaminar por ese rumbo pero era necio, obstinado y atrapado por el vino. Un día tuve un enfrentamiento con mi padre y mi esposa al intentar golpear a Marguerite, la mayor de mis hijas, por lo que mi padre intervino, le di un golpe en el rostro y él tomó a mi esposa, las niñas, las subió a la carreta y se las llevó, no era la primera vez que sucedía. Siempre regresaban al siguiente día y continuaba la vida normal, bueno a lo que estábamos acostumbrados.

 

Roy.- ¿Regresaron?

 

Jean.- No.

 

Roy.- ¿Viven con él?

 

Jean tomó aire pues las lágrimas estaban a punto de brotar.

 

Jean.- Vivíamos en una zona montañosa y la carreta se desbarrancó.

 

Roy.- Ufff, qué tragedia. ¿Hubo sobrevivientes?

 

Jean.- No…al siguiente día fui a buscarlos y descubrí el hallazgo. Después de recuperar lo que quedó de ellos les di cristiana sepultura y regresé a casa, busqué una cuerda, subí a mi caballo y escogí un árbol, me puse la soga al cuello y apreté las piernas para que mi caballo caminara. Era tan inútil que escogí una rama seca que no soportó mi peso y caí al piso.

 

Roy.- ¿Recapacitaste?

 

Jean.- Sabía que era una señal del Señor. Decidí honrar la memoria de mis hijas y la de mi padre dedicándome al oficio de escribano.

 

Roy.- Ay amigo, la vida tiene caminos tan extraños y el Señor es el que nos pone en ellos para saber interpretar nuestro destino. ¿Y has honrado su memoria?

 

Jean.- Creo que sí, me he dedicado a mi oficio y a ayudar a los desamparados. He estado como ayudante en labores médicas en heridos por batallas pero sobre todo a niños heridos y enfermos, he colaborado en recolectar alimentos para los menos afortunados, que son muchos y ayudo a personas a comunicarse con parientes mediante mi oficio.

 

Roy.- Me ha dado mucho gusto compartir este viaje contigo.

 

Jean. Pero no nos pongamos tristes, sigue contando la historia de esos jóvenes.

 

Roy.- Vamos a acampar y pasar la noche para mañana continuar a Gisors. Mañana te llevare con un buen amigo que tengo ahí, lo llaman El Señor de la fortaleza de Gisors.

 

Jean.- ¿Cómo se llama?

 

Roy.- Jean de Gisors. Fue un jefe normando fundador de la ciudad de Portsmouth.

 

Jean.- Se llama como yo.

 

Roy.- Así es.

 

Jean.- Oye Roy, ¿ahora sí me dirás qué pasó con tu amigo Goliardo, el que viajó con Ruan en el tercer batallón camino a Marsella?

 

Roy.- Pues me lo encontré años después en Marsella, mientras acompañaba a Bonfills de Gaeta, un compañero de armas, para alquilar una armadura a Ate-noux Pecora. Dicho contrato de alquiler, firmado en Marsella estipulaba que Bonfills  pagaría por el alquiler un monto de diecisiete sólidos, que era la moneda mixta corriente en Marsella. También se estipulaba que si a hacía otro viaje (passagium) se comprometía a pagarle un augusto de oro a su regreso y devolverle la armadura. Si por alguna razón dicha armadura se perdiera prometía pagarle su valor íntegro, que era de setenta sólidos.

 

Jean.-Sí, sí pero ¿qué tiene qué ver  las armaduras con Goliardo?

 

Roy.- No seas desesperado. Mientras Bonfills hacía el trato salí a recorrer las calles de Marsella y me lo encontré, envejecido y maltrecho, pidiendo limosna. Cuando me pidió algo de ayuda para comer no me reconoció.

 

Monje Roy.- ¿Eres Goliardo?

 

Goliardo.- ¿Quién eres?

 

Monje Roy.- Roy, ¿no me recuerdas?

 

Goliardo.- Sí, sí, el templario.

 

Monje Roy.- Hace años que no sabemos de ti, de Ruan y los niños.

 

Goliardo.- Mmm, tú recordando y yo queriendo olvidar.

 

Monje Roy.- ¿Por qué amigo?

 

Goliardo.- Pues mira te cuento, pero antes invítame algo de comer.

Monje Roy.- Nos sentamos en un hostal a comer algo mientras Goliardo me ponía al día.

 

Goliardo.- Mientras ustedes viajaban a Venecia, nosotros llegamos a Marsella, con todas las maldiciones de aquella travesía.

 

Monje Roy.- Sí lo sé, yo también  fui testigo de tantas calamidades con aquellos niños. Pero no te interrumpo sigue.

 

Goliardo.- Cuando vimos el mar fue algo espectacular para los niños, que esperaban que el mar se abriera para darles paso.

 

Monje Roy.- Pero eso nunca sucedió ¿verdad?

 

Goliardo.- Así es, Al cabo de varios días y como el mar insistía en no querer abrirse, dos mercaderes marselleses se declararon dispuestos a transportarlos por unas pocas monedas. Hugo el Hierro y Guillermo el

Cerdo, fletaron siete barcos y zarpamos. Dos de los siete barcos se estrellaron contra las rocas durante una tormenta, en la isla de San Pietro, al sudeste de Cerdeña, no hubo sobrevivientes, todos se ahogaron.

 

Monje Roy.- ¿Tú ibas en los otros barcos?

 

Goliardo.- Sí.

 

Monje Roy.- ¿Y Ruan?

 

Goliard.- Iba en los barcos que naufragaron. Los otros cinco barcos, fueron llevados a Argel por los dos mercaderes y todos los niños fueron vendidos como esclavos. A muchos los vendieron y a otros los llevaron a

 

Alejandría, donde se cotizaban mejor los esclavos francos. La mayoría fueron comprados por el gobernador egipcio para que trabajasen en sus fincas, y un pequeño grupo fue ofrecido en el mercado de esclavos de Bagdad.

 

Monje Roy.- ¿Ninguno regresó a casa?

 

Goliardo.- Unos 700 quedaron libres cuando el emperador Federico II firmó un tratado con el sultán Malik al-

 

Kamil, pero muchos continuaron en la esclavitud hasta su muerte. He visto tantas cosas que mi memoria ya no quiere recordar. Muchos de los esclavos tuvieron un destino peor que la muerte.

 

Monje Roy.- ¿Por qué?

 

Goliardo.- Había mentecatos que les sacaban los ojos a los pequeñuelos, les cortaban las piernas y les ataban las manos para exhibirlos y pedir limosna en las calles.

 

Monje Roy.- ¿Y tú cómo llegaste a pedir limosna en las calles?

 

Goliardo.- Tarde dos años en regresar a Marsella. Ya no quise saber nada de las cruzadas ni de batallas. La memoria de esos niños me acompaña en cada despertar.

 

Monje Roy.- Es increíble cómo puede haber tanta maldad en este mundo. Espero que con los siglos esto cambie y el hombre descubra el verdadero valor de un niño.

 

Monje Roy.- La realidad es cruel pero tenemos que seguir. Mañana partiré a Venecia te espero en el puerto y de ahí comienzas una nueva vida, ¿te parece?

 

Goliardo.- Estoy enfermo pero si me siento mejor te veo en el puerto.

 

Jean.- ¿No llegó verdad?

 

Roy.- No.

 

Jean y Roy siguieron comiendo sin articular palabra alguna. El silencio y la consternación continuó hasta ambos lograron conciliar el sueño. Al siguiente día reanudaron su camino.

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