
XIII.- El encuentro
Dale música a tu imaginación

Roy.- ¿Recuerdas a los niños gitanos?
Jean.- Cappi, Kavi, Vadome y Badol.
Roy.- Tienes buena memoria.
Jean.- Me quedé en que les pediste un favor.
Roy.- Así fue. Estando aún en Acre, a los tres días Gerome partió con los niños de regreso a Bríndisi, mientras yo me disponía a partir a Jerusalén con los 700 soldados, rumbo a una muerte segura.
Jean.- Saladino los atacaría con todas sus fuerzas.
Roy.- Ese fue el plan original, sin embargo nuestro destino no estaba del todo sellado, pues al partir supe que después de unos días Gerome recibió lo que merecía.
Jean.- ¿Por qué?
Roy.- ¿Recuerdas cuántos toneles aseguró Gerome que tenía en el barco?
Jean.- 30 de los cuales te dejaría 5.
Roy.- Quedaron 40.
Jean.- ¡Santo Dios! Una fortuna.
Roy.- Más dinero de lo que hayas visto en tu vida. Pues de regreso a Bríndisi Gerome esperó el momento propicio para que nadie lo observara y fue a revisar los toneles imaginando una vida de riquezas y comodidades, pero ¿qué es lo que encontró?
Jean.- ¡No!
Roy.- Sí. Encontró 45 toneles de arroz y solo 5 con utensilios de plata y oro.
Jena.- Entonces…¿Estoy hablando con un hombre inmensamente rico?
Roy.- Sí y no.
Jean.- ¡Otra vez!
Roy.- En efecto, guardé los 40 toneles que quedaron de Esteban y partimos a Jerusalén. Nuestra única oportunidad era retrasar nuestra llegada a tierra santa para echar por tierra los planes de servir como señuelo y fue así como decidimos llegar primero a Hattin.
Jean.- Pero… ¿Hattin?
Roy.- Nosotros desconocíamos lo que sucedía antes de nuestra llegada.
Jean.- La batalla de los Cuernos de Hattin. ¿Pelearon ahí?
Roy.- Llegamos en mala hora.
Jean.- Se muy poco de esa batalla.
Roy.- Antes de llegar se respiraba el olor de la guerra. Me presenté con uno de los capitanes de las fuerzas de
Raimundo III de Trípoli.
Monje Roy.- Señor, pongo a sus órdenes 700 soldados, venimos de Acre enviados por Federico II.
Edouard.- Los esperábamos hace días.
Monje Roy.- Tuvimos algunos enfrentamientos por el camino y eso nos retrasó.
Roy.- De pronto entró un mensajero.
Mensajero.- Señor Edouard, Saladino acabó con las tropas de Gerard de Ridefort en Seforia, de ahí sitió a la ciudad de Tiberíades.
Edouard.- Sí ya me lo informaron.
Mensajero.- Pero en Tiberíades está Echive, la esposa de Raimundo de Chatillon.
Edouard.- Así es. Guido de Lusignan Rey de Jerusalén y el mismo Raimundo permanecen en Seforia. Ya mandamos refuerzos para recuperar Tiberíades. Puedes irte.
Roy.- El mensajero salió y Edouard se quedó pensativo, caminando con las manos atrás y levantando la cabeza.
Edouard.- El mensajero que mandé a Seforia franqueó las líneas de Saladino. ¿No se te hace demasiada suerte?
Monje Roy.- ¿Lusignan y Raimundo atacarán Tiberíades?
Edouard.- No lo creo. Dejarán caer Tiberíades.
Monje Roy.- Entiendo. Lo que quiere Saladino es atraparlos en ahí.
Edouard.- Así es, pero Gerard de Ridefort quiere borrar su derrota y los convenció de atacar Tiberíades.
Monje Roy.- Mala estrategia.
Edouard.- ¿Por qué?
Monje Roy.- Porque Saladino conoce perfectamente esos terrenos.
Edouard.- Lo mismo pensé, pero debo mandar refuerzos.
Monje Roy.- Pero le dijo al mensajero que ya había mandado refuerzos.
Edouard.- ¿Crees que es fácil decidir quién muere y quién vive?
Monje Roy.- No señor, tiene usted razón.
Edouard.- Pero llegaste en mal momento amigo. Prepara a tus hombres y únete al batallón de Fabrice para partir de inmediato a Tiberíades.
Jean.- Amigo mío, ¿no será que tú eres el que atraes las calamidades?
Roy.- Tal vez, pero como verás aún estoy vivo.
Jean.- ¿Y tus hombres?
Roy.- También.
Jean.- ¿Ninguna baja?
Roy.- Ninguna.
Jean.- ¿Cómo puede ser posible?
Roy.- Si me dejas continuar lo descubrirás.
Jean.- Perdón, continúa.
Roy.- Nuestras fuerzas estaban formadas por 2,000 caballeros montados, 4,000 arqueros equipados a caballo, 32,000 infantes y nosotros, pero a lo largo de toda la marcha fuimos acosados por 6,500 jinetes ligeros sarracenos que causaron muchas bajas en ataques sorpresas, escaramuzas y emboscadas. A esto se les unieron las inclemencias del tiempo y deserciones, debilitando aún más a la fuerza cristiana. Durante la marcha también se les unieron grupos de caballeros cruzados de diversas órdenes monásticas.
Nosotros íbamos a la retaguardia cuando Fabrice me dio la orden de regresar para resguardar la huida de Lusignan y Raimundo que regresaban para abastecerse de un pozo de agua en las afueras de Hatiin. Los alcanzamos en una ruta alterna pero Saladino nos cortó el paso y acampamos con varios vigías para no vernos sorprendidos por un ataque.
Estábamos tan cerca de las tropas de Saladino que escuchábamos sus risas y cantos. Ellos estaban abastecidos de agua y alimentos resguardando el pozo.
A la mañana siguiente reanudamos la marcha: teníamos que alcanzar el pozo de agua. Nos desplegamos en tres columnas entre dos colinas volcánicas, los llamados Cuernos de Hattin. Los musulmanes nos seguían acosando, nosotros permanecíamos en la retaguardia y los cuerpos de batalla se separaron. El rey Lusignan tomó entonces una posición estratégica, al pie de los cuernos de Hattin. Pero las tropas de Saladino prendieron fuego a las hierbas secas, asfixiando a muchos de los soldados con el humo.
Jean.- ¿Ni una baja?
Roy.- Afortunadamente, la batalla estaba delante de nosotros y como no pertenecíamos a ninguno de los batallones, nadie nos daba órdenes.
Jean.- Estaban bendecidos.
Roy.- Saladino se tomó su tiempo. Para Lusignan no había más que una salida: abrir la vía hacia Hattin atravezando la barrera enemiga. Ordenó a Raimundo de Trípoli atacar con sus caballeros, pero Taqi al-Din, sobrino de Saladino, al mando de esa barrera, dividió entonces sus tropas para abrir el paso a Lusignan.
Jean.- Cayó en la trampa.
Roy.- No había vuelta atrás. Al pasar Lusignan y sus tropas Taqi lo cercó inmediatamente. Las tropas cristianas fueron atrapadas y Raimundo de Trípoli se quedó solo.
Muchos de los soldados escalaron la colina norte de los cuernos para escapar, pero se encontraron entre un precipicio y las tropas musulmanas. Muchos de ellos murieron arrojados al vacío y otros se rindieron. Mientras esto sucedía la caballería de Saladino atacó a los cristianos que se refugiaron en el cuerno sur.
Saladino lanzó el último asalto para apoderarse de la tienda roja del rey, donde se encontró la Vera Cruz, una sagrada reliquia. Por la noche todo había acabado. Guy de Lusignan fue hecho prisionero, al igual que Reinaldo de Chatillon, el peor enemigo de Saladino.
Jean.- ¿Por qué?
Roy.- Porque no respetaba las treguas y arremetía contra civiles y comerciantes sin distinción. Pues en su propia tienda, tal y como Saladino había prometido, le cortó con sus propias manos la cabeza a Reinaldo de Chatillon; ejecución no habitual, pues prefería utilizar a los prisioneros como moneda de cambio. Esta excepción se justificó por las masacres y asaltos que había cometido Reinaldo contra la población y las caravanas, tanto de cristianos como de musulmanes, en una de las cuales se dice viajaba la hermana de Saladino, motivo por la cual había jurado matarlo con sus propias manos.
Jean.- Sólo de escucharte me sudan las manos.
Roy.- A mí todo, solo de recordar.
Jean.- Y cómo es que se salvaron.
Roy.- Saladino dio paso franco a todo aquel que abandonara la idea de continuar y regresara a sus hogares.
Gran parte mi batallón tomó su camino y yo regresé con 20 soldados, entre ellos Sebastián, un hombre de más de dos metros. Leal y excelente guerrero. De cabello rojo, piel blanca de gallina y bueno para el vino. De pocas palabras, pero muy efectivo.
Jean.- Benditos sean. ¿Y los toneles?
Roy.- Estaban resguardados en una aldea cercana a Hattín por 10 de mis soldados y Auguste.
Jean.- ¿Cómo estabas tan seguro que tu gente no sería tentada por tanta riqueza?
Roy.- Esos 10 soldados han sido compañeros de armas en varias batallas.
Jean.- ¿También eran templarios?
Roy.- Algunos, sólo entre nosotros lo sabíamos. Y no somos de palabra frágil. El honor está por encima de nuestras vidas.
Jean.- Qué bien. Sigue, sigue.
Roy.- De regreso tomamos los toneles y volvimos a Acre. Auguste me preguntó cómo me había ido.
Auguste.- Creí que no regresabas Roy.
Monje Roy.- Yo también, pero el señor nos protege.
Auguste.- ¿Cómo logró escapar?
Monje Roy.- No escapamos, Saladino nos liberó.
Auguste.- No puedo creerlo.
Monje Roy.- No siempre tu enemigo es el que odias.
Auguste.- No lo había pensado de esa forma.
Roy.- Al poco rato nos encontramos con un grupo de 15 cruzados asediando a una familia musulmana que iba a Hattín.
Jean.- ¡Pobres!
Roy.- No, corrieron con suerte.
Jean.- ¿Por qué?
Roy.- Llegamos a una pequeña aldea y en las afueras estaban los cruzados con sed de venganza por lo que había sucedido en Hattín.
Sebastián.- Roy, esos soldados están atacando a una familia.
Monje Roy.- Esto es un verdadero abuso. Es un cuento de nunca acabar. ¡Vamos!
Roy.- Cabalgamos lo más rápido hacia los soldados y al llegar escuchamos.
Soldado.- ¡Acabemos con ellos! ¡No merecen vivir!
Monje Roy.- ¡Alto, deténganse! ¿Qué les han hecho?
Soldados.- Son infieles. ¡Al ataque!
Roy.- Cinco de ellos iniciaron el ataque a un hombre, su esposa y dos hijos adolescentes. Nosotros les cerramos el paso cuando de pronto el padre y su hijo lanzaron sus dagas al cuello de dos soldados que cayeron en la arena desangrándose.
Jean.- ¿Y tú qué hiciste?
Roy.- Nunca había peleado en contra de mis hermanos de armas. No sería esta la primera ocasión.
Jean.- ¡No me digas que les ayudaste!
Roy.- ¡Claro que no! Al ver a sus compañeros caídos, los cruzados iniciaron el ataque pero mis soldados y yo les cerramos el paso. Descendí del caballo y caminé hacia el padre de familia cuando el joven me lanzó una daga que logré esquivar. No sé dónde salió Auguste quien enfurecido se le fue al joven, ambos rodaron por la arena y el turbante del musulmán dejó ver una negra cabellera. Resultó que el joven era una bella niña. Yo levanté de un brazo a Auguste y el señor a la niña. Todos nos quedamos sorprendidos. Incluyendo los atacantes, quienes para ese momento ya habían bajado sus armas.
Jean.- ¡No me digas! ¿Era Aisha?
Roy.- Sí. Así se conocieron.
Jean.- ¿Y luego qué pasó?
Roy.- Nos quedamos viendo el señor musulmán y yo.
Monje Roy.- ¿Eres el señor de las dagas?
Taimullah.- Así me decían.
Monje Roy.- ¿Andabas con los tuaregs?
Taimullah.- Tiene buena memoria el señor.
Monje Roy.- Guardo un par de recuerdos tuyos.
Taimullah.- Lo siento señor, así es la guerra.
Monje Roy.- Lo sé. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Taimullah.- ¿Y yo otra?
Monje Roy.- Dime.
Taimullah.- ¿Van a tomar nuestras vidas? Porque le pediría perdone las de mi familia.
Monje Roy.- Aquí ya no se van a tomarse más vidas. ¿No estás cansado de esto?
Taimullah.- Cada mañana me despierto pensando que va a ser la última. Esa no es vida.
Monje Roy.- ¿Podemos hablar sin miedo?
Taimullah.- Si su palabra vale lo que su elocuencia claro que podemos.
Monje Roy.- Sebastián, me respondes con tu vida. Guarda mi espada.
Sebastián.- Sí señor.
Roy.- Para ese momento todos mis soldados estaban atrás de los atacantes. Taimullah y yo nos retiramos caminando.
Taimullah.- No es común ver estas muestras de buena fe.
Monje Roy.- Yo también he librado muchas batallas y en verdad estoy cansado de ver sangre derramada, de ambos lados. Tengo la necesidad de corresponder con quien hace poco me perdonó a vida y la de mis soldados.
Taimullah.- ¿Vienen de Hatiin?
Monje Roy.- Así es. Saladino nos perdonó la vida y vamos de regreso a Acre para embarcarnos a nuestros hogares y deponer las armas. La vida me ha otorgado una segunda oportunidad y no quiero desperdiciarla.
Taimullah.- ¿Qué tienes en mente? ¿Perdonarnos la vida? Ya lo hiciste.
Monje Roy.- Soy poseedor de una inesperada riqueza.
Taimullah.- ¿Hablas en sentido metafórico?
Monje Roy.- No, en sentido estricto. Llegaron a mí, toneles llenos de oro y plata, cuyo origen está manchado de sangre de inocentes.
Taimullah.- ¿Qué quieres hacer con esa riqueza?
Monje Roy.- Repartirlo entre mis soldados.
Taimullah.- ¿Y nosotros qué piezas formamos en este tablero?
Monje Roy.- Quiero hacerte partícipe a ti y a tu familia.
Taimullah.- Mi corazón está contigo y con tu honorable actuar pero yo también quiero participarte que soy poseedor de una enorme fortuna destinada a comprar armas.
Monje Roy.- Me dejas sin palabras.
Taimullah.- Soy el guardián de una caja llena de diamantes y rubíes que debía entregar a Saladino para comprar y fabricar armas.
Monje Roy.- No creo que las necesite, hasta hoy ha ganado.
Taimullah.- Lo sé, las noticias corren rápido. Pero, ¿por qué sonríes?
Monje Roy.- Es increíble, digno de una novela ¿Y qué quieres hacer?
Taimullah.- Corresponder a tu ofrenda. Repartamos las riquezas que llegaron a nuestras manos.
Monje Roy.- ¿Estás seguro?
Taimullah.- Nunca he estado tan seguro de algo así porque nunca esperé repartir lo que no poseía.
Monje Roy.- ¿Entonces?
Taimullah.- Dale la noticia a los tuyos y yo a los míos.
Monje Roy.- ¿A dónde se dirigen?
Taimullah.- Íbamos a Hattín para encontrarme con Saladino, pero después de las buenas noticias… perdona que lo diga así.
Monje Roy.- Lo entiendo.
Taimullah.- Ahora no tengo familia más allá de la que conoces y quiero darles una vida de tranquilidad después de tantas penurias. La niña que conociste se llama Aisha y perdió a toda su familia a manos de cruzados.
Monje Roy.- El niño que conociste se llama Auguste y perdió a su padre a manos de musulmanes. Es justo que demos paz y recompensa a esos jóvenes, ¿no crees? Además hay muchos otros niños que sobrevivieron a una difícil jornada y quiero buscarlos para compartir con ellos esta bendición.
Monje Roy.- Yo regresaré a Acre y de ahí a Bríndisi para ir a Vendome, mi hogar y olvidar por los días que me restan de vida las batallas sin sentido. ¿Por qué no vienen con nosotros? La guerra aún no ha terminado. ¿Tú crees que los cruzados olvidarán esta derrota? ¿Piensas que Jerusalén es un tema terminado para el pensar de los reyes de occidente?
Taimullah.- Tienes razón. Por otra parte Tengo entendido que Saladino mandó buscar esas joyas y por supuesto a mí. Acre está lleno de espías de ambos lados.
Monje Roy.- Te propongo lo siguiente: Regresamos a Acre y de ahí nos embarcamos a Bríndisi. Ya en Vendome adoptamos otros nombres y dejamos que la vida fluya.
Taimullah.- No es fácil dejar atrás todo.
Monje Roy.- Dijiste que tu única familia está aquí, además siempre verás tras de ti cuidando tus espaladas, sospecharás de las sombras. La vida nos ofrece una tregua permanente y acallar nuestros demonios con esta segunda oportunidad.
Roy.- Taimullah se quedó pensativo durante unos instantes.
Taimullah.- De acuerdo, hablemos con ellos.
Roy.- Regresamos y primero hablé con los atacantes.
Monje Roy.- ¡Señores! Sigan su camino. Esta familia están bajo nuestra protección. Si hay alguien que no esté de acuerdo con gusto atenderé su demanda. Sebastián dame mi espada.
Roy.- Después de unos segundos, seguramente comparando fuerzas, los atacantes siguieron su camino y yo hablé con los 30 soldados. Repartimos 20 toneles y una cuarta parte de las joyas de Taimullah. El código principal entre todos era: no llamar la atención ni presumir su nueva riqueza porque pondrían en peligro la vida de todos. Ahora tendríamos enemigos en ambos lados.
En punto delicado era hablar con Aisha y Auguste, quienes aún se lanzaban miradas amenazadoras.
Taimullah y yo nos vimos a los ojos.
Monje Roy.- Es necesario que hablemos los cuatro.
Taimullah.- Será lo mejor. Aisha habla tu idioma.
Monje Roy.- Auguste el tuyo.
Roy.- Nos apartamos del grupo y nos sentamos a charlar.
Taimullah.- ¿Te puedo hacer una pregunta Auguste?
Auguste.- Sí, dígame.
Taimullah.- ¿Acaso esta niña te ha hecho algún daño?
Roy.- Auguste respiró profundo y eludió la mirada de todos.
Auguste.- No señor.
Taimullah.- ¿La odias?
Auguste.- No precisamente. Odio lo que representa.
Taimullah.- ¿Podrías decirnos qué es lo que representa Aisha para ti?
Auguste.- Pues, ustedes son infieles.
Taimullah.- ¿Y qué más?
Auguste.- Han matado muchos cristianos.
Taimullah.- ¿Algo más?
Auguste.- Uno de ustedes mató a mi padre.
Taimullah.- De acuerdo.
Monje Roy.- Auguste, ¿alguno de ellos mató a tu padre?
Auguste.- No lo sé fue hace tiempo.
Aisha.- Yo no fui.
Taimullah.- Yo tampoco. ¿Tú eres cristiano Auguste?
Auguste.- Sí claro.
Taimullah.- ¿Piensas que todos los que no compartimos tus creencias estamos en un error?
Auguste.- No lo sé, yo solo tengo las mías.
Aisha.- ¿Te gusta el color verde?
Auguste.- Prefiero el azul.
Aisha.- ¿Y por ese solo hecho crees que puedes matarme a mí y a mi familia?
Auguste.- Claro que no, es absurdo.
Taimullah.- ¿Y el hecho de que el sepulcro de Jesucristo está en nuestras tierras es razón suficiente para
eliminar a todos los que aquí habitamos?
Monje Roy.- Creo que Auguste ya entendió el punto. ¿No es así?
Auguste.- Sí señor.
Taimullah.- Nadie es dueño de otra vida, ni siquiera de la propia.
Aisha.- Los cruzados mataron a mi padre, madre y dos hermanos y no hay día que no piense en ellos.
Auguste.- ¿Nos odias?
Aisha.- ¿Tú los mataste? ¿O el señor Roy?
Auguste.- No.
Monje Roy.- Yo tampoco Aisha.
Aisha.- Entonces no tengo porqué odiarte a ti. Prefiero a los míos pero no por eso te deseo la muerte. Va en contra del Corán.
Taimullah.- Ahhh, la guerra es poco entendible, un dilema para ambas partes.
Monje Roy.- Somos tan solo peones en un tablero de ajedrez.
Aisha.- ¿El sol sale en ambas tierras?
Auguste.- Sí.
Aisha.- ¿Cada soldados tiene padres, hijos, hermanos, amigos y alguien que se preocupa por ellos?
Monje Roy.- Así es Aisha.
Aisha.- Porque no sólo le arrancan el alma al soldado, también a muchos más.
Taimullah.- Pues sí, es la historia del hombre. Así estamos hechos.
Aisha.- No todos.
Auguste.- Tienes razón. La única vida que he quitado no me ha llenado de orgullo, sin embargo, lo volvería hacer porque era justo.
Aisha.- Yo también así lo pienso, aunque no fue una grata experiencia y pienso que ese hombre tal vez dejó
hijos y esposa.
Taimullah.- No podemos controlar todas las páginas del libro donde se escribe nuestro destino pero sí algunos capítulos.
Monje Roy.- Y ahí está la importancia de vivir decentemente.
Roy.- Auguste se acercó a Aisha.
Auguste.- Siento lo de tu familia Aisha.
Aisha.- Y yo lo de tu padre.
Roy.- Un par de lágrimas rodaron de las mejillas de Aisha.
Taimullah.- Ustedes llaman “cruzadas” a todas estas batallas por recuperar Jerusalén.
Monje Roy.- Así es.
Taimullah.- Nosotros la llamamos Yihad, pero ahora creo que tú y yo acabamos de librar una batalla, cruzada o yihad por recuperar la inocencia de estos dos niños y nuestra fe en el hombre.
Monje Roy.- Estoy de acuerdo. Ahora debemos partir a Acre para embarcarnos a Bríndisi.
Taimullah.- ¿Tú crees que se la mejor opción?
Monje Roy.- En Trípoli está Krac des chevaliers.
Aisha.- Eso no lo entendí.
Monje Roy.- El castillo de los caballeros de la orden se San Juan de Jerusalén.
Taimullah.- ¿Tú crees que nos recibirán con los brazos abiertos?
Monje Roy.- No. Además después del terremoto de hace 10 años la reconstruyeron y después del fallido ataque de Saladino no es buena opción.
Taimullah.- Está el puerto de Jaffa, aunque para llegar tendríamos que pasar Jerusalén y ahora más que nunca en manos de Saladino, sería muy peligroso para ustedes.
Monje Roy.- Y también para ti, porque no creo que Saladino se olvide tan fácilmente de sus joyas.
Taimullah.- Así es. No queda más que ir al puerto de Acre.
Monje Roy.- Cuando menos ahí comparten territorio los católicos y los musulmanes.
Taimullah.- Es la mejor opción partamos.
Jean.- ¿Y los soldados? Tus compañeros, ¿aceptaron a Taimullah y Aisha?
Roy.- Después del gesto de Taimullah de compartir su fortuna y de que Saladino nos perdonó la vida, formamos una extraña, aunque gran familia, con diferentes lenguas y creencias, pero a fin de cuentas, hermanos de sangre derramada. Esos niños cambiaron nuestra forma de ver la vida. Aisha era adorada por todos y Auguste admirado.
Fue así como todos continuamos nuestro viaje para llegar a salvo al puerto de Acre.