
VII.- Bríndisi
No hay imágenes que cobren vida sin la música

Roy.- Después de unas semanas que dejaron Venecia llegaron a Bríndisi, el puerto era un hormiguero donde nobles y lacayos se daban cita para iniciar una más de las codiciosas travesías en busca de fortuna, dinero, y fama, en ese orden, creo.
Después de meses de un agotador viaje, colmado de cansancio, enfermedades, infortunios y pérdidas, aquellos pequeños jinetes no podían creer lo que habían logrado, realizaron una epopeya de la que en muchos sitios se hacían cantares, donde exaltaban las hazañas de los pequeños cruzados.
Auguste tenía nalgas y piernas adormecidas al llegar al puerto.
Auguste.- ¿Crees que falte mucho aún para que veamos el mar?
Joseph.- No lo sé Auguste. Nunca había ido tan lejos.
Alexandré.- Al llegar a Acre unos batallones se irán hacia Alejandría y nosotros hacia Jerusalén.
Auguste.- ¿Cómo lo sabes?
Alexandre.- Escuché a Ferdinand hablar con Gascón, caballero del Ala de San Miguel.
Auguste.- Creo que es una orden de caballeros de Portugal.
Alexandre.- ¿Y tú cómo sabes eso?
Auguste.- Mi padre trabajaba para “El señor de los castillos” y escuchaba muchos relatos de las Cruzadas.
Joseph.- ¿El señor Antonie?
Alexandre.- Sí, al que llaman: “El señor de los castillos”
Al tiempo que charlaban descansando recostados sobre unas mantas, llegó un emisario de Ferdinand.
Emisario.- El señor Ferdinand hablará, reúnanse con el batallón de Maximino lo antes posible.
El emisario continuó dando el mensaje a otros batallones.
Joseph.- No entendí. ¿Dónde dijo que nos reuniéramos?
Auguste.- Con el batallón de Maximino.
Joseph.- ¿Qué nos dirá el señor Ferdinand?
Auguste.- No lo sé pero mejor nos damos prisa.
Los tres se incorporaron, montaron en sus caballos y se unieron al batallón de Maximino. Al llegar dejaron sus corceles en unas caballerizas improvisas y caminaron hacia donde estaban reunidos todos los batallones.
Al poco tiempo llegó Ferdinand con sus ayudantes.
Ferdinand.- ¡Soldados de Cristo! Hemos viajado desde Vendóme, tendremos unos días de descanso.
Todos gritaron de alegría y es que no era para menos.
Delante de Auguste y sus compañeros estaban dos clérigos con sus togas.
Clérigo 1.- Ferdinand sabe que si no da un respiro a los pequeños soldados, no soportarán la travesía.
Clérigo 2.- Dicen que los planes del obispo de Vendóme para esta negra aventura no fueron autorizados por el Papa Lotario di Segni.
Clérigo 1.- Querrás decir Inocencio III.
Clérigo 2.- Asé se llama, aunque el Papa Inocencio III prefiere ser llamado “Vicario de Cristo”.
Clérigo 1.- Pues como sabes está muy ocupado lidiando con Felipe II de Francia y no le puso mucho interés a este asunto de los niños.
Clérigo 2.- Aunque sé de buena fuente, que dejó muy claro que sería un error catastrófico mandar a niños para realizar la tarea con la que hombres no han podido completar.
Auguste.- Shhhh, dejen escuchar cuervos.
Ambos lanzaron mirada amenazadora a Auguste, sin embargo hicieron caso y guardaron silencio.
Ferdinand.- ¡He recibido órdenes de llevarlos a tierra de infieles para llegar finalmente a Jerusalén y rescatarla. Esto nos llevará unas semanas, tal vez más un poco más, pero sabemos que somos preferidos del señor, tendrán lo necesario para poder mantenerse en sus monturas, dispuestos para recuperar tierra santa. Hemos tenido pérdidas pero también muchos se nos han unido en el camino y ahora somos un ejército de temer.
Su sacrificio será necesario, la travesía aún está por pasar las más duras pruebas (Auguste volteó a ver a sus compañeros frunciendo el ceño).
Auguste.- Pero... tenemos la protección del Señor, como dijo el padre Esteban. (Hacia Joseph)
Ferdinand.- Habrá retos que enfrentar, problemas que sortear, calamidades que superar, pero siempre con la fe y la fuerza que el amor por Cristo les ha dado. No olviden que han adquirido un compromiso con el Señor, lo que se espera de ustedes es todo, sin medida, sin duda y sin miedos. Seguirán al pie de la letra las órdenes de sus superiores. En unas semanas llegaremos a nuestro destino y de ahí algunos partirán a Jerusalén y otros para Alejandría. La disciplina y el orden lo son todo.
Roy.- Los pequeños soldados regresaron a sus respectivos batallones. La tarde cayó y la noche fue cubierta por una estela de rocío nocturno. Las fogatas iluminaron el firmamento y esa noche los sueños de muchos jóvenes vagaron entre los avatares de su travesía, fantasías de conquista y luchas épicas. Otros más fueron invadidos por recuerdos nostálgicos, familias e historias dejadas atrás. Los pensamientos de aquellos pequeños cruzados entretejían historias por venir que sin duda creían se convertirían en leyendas. Sin darse cuenta muchos de ellos se habían convertido en sobrevivientes y aún tenían frescos aquellos sueños inocentes, que ahora parecía lejanos.
Al día siguiente se levantaron a temprana hora para ir al puerto que estaba a un par de horas para embarcarse. Pasaron por un poblado y la gente los recibió con alabanzas y pequeños obsequios que en su mayoría consistían en dulces y comida.
La noticia de la “Cruzada de los niños” se les había adelantado de tal forma que en muchas de las poblaciones les brindaron ovaciones y cobijo, así como numerosas muestras de admiración. Algunos adultos se les unieron, pero como no serían alimentados por Ferdinand y debido a la falta de presupuesto irían por cuenta propia, muchos se desanimaron, sin embargo otros continuaron con la promesa de recibir una parte de las tierras que se conquistaran.
Pasaban por una zona boscosa cuando de entre los árboles asomó su cornamenta un rebeco.
Jean.- Mmm, ¿qué es eso?
Roy.- Un rumiante parecido a la cabra.
Jean.- Ah, ok. Sigue, sigue.
Roy.- Oye, no veo que escribas las historias que he contado cuando cabalgamos, ¿cómo vas a recordar todo?
Jean.- Pierde cuidado, tengo una excelente memoria, además me vas a recordar lo que olvide. ¿No?
Roy.- Auguste se preparó desde su montura para cazar al rebeco.
Auguste.- Lo cazaré desde mi caballo.
Alphonse.- Lo haré yo. (Adelantándose a Auguste)
Roy.- Auguste cabalgaba un frisón, raza anglo sajona, de patas fuertes, conocida, muy apreciado para la guerra tanto que los historiadores Romanos mencionan la aparición de tropas Frisonas. Alphonse cabalgaba un hermoso ejemplar blanco árabe ayerza, famoso por su resistencia, de patas espigadas y bella figura.
Auguste.- ¡Yo lo cazaré primero!
Apretando el paso ambos cabalgaron hacia donde estaba el rebeco serpenteando árboles y rocas y alejándose de la caravana. El rebeco huyó hacia unos riscos y ambos lo siguieron, Alphonse tiró su primera flecha errando el tiro, Auguste le cerró el paso al rebeco y le asestó una flecha en pleno lomo. Alphonse lo siguió entre un camino escarpado pero el corcel tropezó con una roca y cayó sobre un costado rodando con el jinete en su montura, más de 300 kilos del caballo trituraron los huesos del pobre Alphonse que no alcanzó a librarse de una muerte dolorosa.
La presa herida huyó bordeando rocas y desapareció en una nube de polvo para morir metros más adelante. Auguste acudió en auxilio de su infortunado amigo. Al poco tiempo llegaron Ferdinand y algunos de sus jinetes.
Ferdinand.- ¡¿Qué sucedió Auguste!?
Auguste.- (Conteniendo el llanto) Cazábamos a un animal y el caballo de Alphonse tropezó con una piedra.
Ferdinand.- ¡¿Quién dio la orden?!
Auguste.- Nadie señor.
Soldado.- Mi señor, el niño está muerto.
Ferdinand.- Reasigne el caballo y denle cristiana sepultura al niño.
Auguste.- Lo siento señor.
Ferdinand.- Ve a la retaguardia y al próximo incidente te quedas en el siguiente poblado. ¡¿entendido?!
Auguste.- Sí mi señor.
Roy.- Abatido por lo sucedido Auguste se percató de lo frágil que era su existencia y de los peligros que guardaba la expedición.
Durante semanas no pudo conciliar el sueño pensando en su infortunado amigo Alphonse y de aquel fatal suceso donde por primera vez vio de cara a la muerte y sus rojizos tintes. ¿Dónde estaba la protección del Señor en ese suceso?
Alejado de su batallón pasó los siguientes tres días, aislado pues sus compañeros lo culpaban de aquel suceso.
A la siguiente mañana Joseph aprovechó un descanso para visitar a Auguste.
Joseph.- Hola Auguste, en unos días llegamos a nuestro destino. Te extrañamos en el batallón, Ferdinand te va a reunir con nosotros de nuevo. ¿No te da gusto?
Auguste.- Sí Joseph, pero eso no le devolverá la vida a Alphonse.
Joseph.- Pues sí, tienes razón, pero tenemos que ser fuertes para lo que nos espera.
Auguste.- Tienes razón. Cada día le dedico mis rezos a Alphonse.
Joseph.- Ferdinand ya te perdonó.
Auguste.- Es no me importa.
Joseph.- Fue al batallón y nos dijo que al llegar al puerto nos embarcaremos en diferentes naves, que pasarían lista por batallón y le pregunté si tú estarías con nosotros.
Auguste.- ¿Y qué respondió?
Joseph.- Que sí.
Auguste.- Viajaremos de nuevo juntos.
Joseph.- Yo nunca he navegado. No conozco el mar.
Auguste.- No conocíamos muchas cosas, buenas y malas, supongo que pronto as descubriremos.
Joseph.- Me voy amigo, espero verte muy pronto. Mantente fuerte, te necesitamos.
Roy.- Joseph regresó al batallón y Auguste se preparó para continuar el viaje.
El viaje continuó con las paradas nocturnas acostumbradas. Desde que iniciaron su travesía ya se les habían unido más caballeros, aldeanos, mercenarios y algunos que huían de la ley, otros en busca de riquezas y otros más con sed de aventura. Después de unas semanas llegaron al puerto de Bríndisi de donde partirían a Acre.
Hasta este punto de la travesía, el destino había sido benigno con muchos de pequeños cruzados sobrevivientes, que aunque mermados por enfermedades e inclemencias del tiempo, el contingente había crecido desde su salida de Vendome. En Provenza, situada al este del río Ródano, al sur del Mar Mediterráneo, bajo la tutela de Pedro II de Aragón, hicieron su entrada 30,000 expedicionarios entre hombres, mujeres y niños, de los cuales al menos 20,000 eran menores, quienes dejaron a su paso pobreza para agricultores y comercios, ya que alimentar un monstruo de 30,000 cabezas tiene serias repercusiones, por lo que en su tránsito por este y otros lugares fueron visto como una plaga, porque dejaron desoladas las más ricas poblaciones situadas al margen del Ródano.
Los seguían un séquito de perros que esperaban por cualquier sobra, incluso muchos de ellos pasaron a ser mascotas de batallones. Nubes de moscas caían sobre ellos debido a que la higiene no era precisamente una de las características de este “ejército”. En Tarascón les prohibieron la entrada y les cerraron las puertas. Por todo esto Esteban, precursor e iniciador de esta bizarra aventura, se convirtió en el enemigo público número 1 en muchas regiones, al grado que su cabeza ya tenía precio.
Precedían a los batallones una caterva de monjes y religiosos advenedizos que en avanzada recaudaban en nombre de la causa limosnas y provisiones, todos bajo la supervisión de Esteban. Las donaciones solo llenaban los bolsillos de Esteban y defraudadores, solo una parte llegaba a los pequeños cruzados.
Después del fallido atentado que sufrió Esteban, su temida escolta evolucionó llegando a ser una especie de policía militar con derechos especiales. Los espías de Esteban eran numerosos y eficientes, en su mayoría formado por mujeres dedicadas a la vida galante bajo las órdenes de Ernand, quien recibía los chismes de primera mano. Estos iban desde robo de provisiones hasta deserciones. El poder de Esteban ya había rebasado a Ferdinand y sus líderes militares que estaban más enfocados en las estrategias que seguirían para llegar lo más lejos posible con todo el lastre que significaba resguardar la seguridad de tantos infantes.
Toda este urdimbre de situaciones y personajes indeseables eran poca cosa a lado de la fe inquebrantable de los pequeños cruzados que día a día soñaban con llegar y rescatar el sepulcro de Cristo de tierra infiel, tal y como los había adoctrinado Esteban y su séquito de monjes, cuya encomienda principal era mantener el espíritu religioso por encima de las necesidades terrenales.
Por su parte Augusto, seguía seriamente motivado por la sed de lo que él consideraba justicia, pues su objetivo principal era la nada sublime idea de vengar la memoria de su padre, proceso en el cual había perdido ya gran parte de su inocencia. Auguste seguía abatido por la reciente pérdida de su amigo Alphonse durante el incidente con el rebeco. Dedicaba su tiempo a ordenar pertenencias, armas e ideas. Finalmente la inocencia de Auguste se escapaba día a día.
La mayoría de los inconformes que tenía la osadía de expresar sus quejas eran sometidos por Ferdinand y Esteban, aunque para ese entonces el nombre de Esteban era ya odiado y querido por la muchedumbre, pues era visto como asesino o líder espiritual.
Los batallones en fila salieron de un terreno boscoso y frente a ellos los recibió la imagen de un mar dorado por la salida del sol, que reflejaba como espejo los rayos al rítmico paso de las olas. Los pequeños soldados quedaron boquiabiertos, sorprendidos por la belleza de esa imagen que sólo en sus cabezas habían imaginado.
Todos guardaban el orden acostumbrado debido a la severidad de Ferdinand y sus soldados, sin embargo no todos los batallones iban a pasar de largo sin completar la experiencia y sentir el mar en sus pies.
El tercer batallón, al que pertenecía Auguste comenzó a acercarse a la playa, los caballos tentados por refrescarse un poco, guiaban la acción.
Auguste y su caballo, se quedaron hipnotizados por el mar, su aroma, su brisa y la música de su oleaje. Como si fueran uno solo cabalgaron vertiginosamente hacia la playa. Ferdinand y sus capitanes lo miraron por unos instantes. Los demás batallones se quedaron congelados ante el suceso sin tomar ninguna acción, temiendo por el castigo que pudiera avecinarse. Así pasaron algunos minutos cuando de pronto Ferdinand corrió hacia el mar, descendió de su cabalgadura y tanto el jinete como su caballo chapotearon las olas que tocaban la arena de la playa. Todos emprendieron su carrera hacia el mar y aquello se convirtió en una tarde de juego y descanso.
Auguste disfrutaba de la playa tirado boca arriba viendo pasar las nubes cuando a un lado se detuvo un monje alto, fuerte, no mal parecido, de unos 50 años, quien hacía anotaciones en unos pergaminos.
Jean.- Y ese monje era…
Roy.- Así es, ¿la descripción fue adecuada no?
Jean.- Mmm, continúa.
Roy.- El joven observaba con detenimiento lo que yo escribía.
Auguste.- ¿Qué escribe señor?
Monje Roy.- Describo esta imagen para que no se borre con los años.
Auguste.- No entiendo señor.
Monje Roy.- Este descanso es digno cuadro para cualquier buen pintor. Esta escena con ustedes descansando, después de tantas penalidades tiene un gran valor histórico.
Auguste.- ¿Es usted escribano señor?
Monje Roy.- Dime Roy, ese es mi nombre. Así es, soy escribano, carpintero, ex soldado, monje, entre tantas otras cosas. Pero ante todo fui templario.
Auguste se incorporó inmediatamente y emocionado preguntó.
Auguste.- ¡Templario! ¡Cielos! nunca había conocido a ninguno. Dicen que son soldados entrenados por Dios.
Monje Roy.- Dicen muchas cosas, no las creas todas.
Auguste.- Y… ¿qué hace aquí señor, donde está su corcel, su espada, su túnica blanca y su ejército?
Me senté y Auguste hizo lo mismo.
Monje Roy.- Yo pertenecí a la Orden los caballeros pobres de Cristo, Orden del Temple o simplemente Templarios, como tú dices.
Auguste.- ¿Ya conoces Jerusalén?
Monje Roy.- Un par de ocasiones.
Auguste.- ¿Y por qué tú y tus compañeros no han reconquistado Jerusalén?
Monje Roy.- Nuestra principal tarea era proteger a los peregrinos en su camino a Jerusalén.
Auguste.- Me gusta mucho el uniforme de Templario.
Monje Roy.- ¿El manto blanco y la cruz roja?
Auguste.- Sí señor.
Monje Roy.- He visto que Esteban usa algo similar.
Auguste.- Sí es cierto.
Monje Roy.- Desgraciadamente no hay respeto al uniforme, porque para vestir algo así tienes que ser un excelente ser humano, un caballero intachable, experto en armas y sobre todo, un buen cristiano.
Roy.- Disfrutamos un rato de la suave brisa, una temperatura templada y un hermoso cielo. Después de un par de horas Ferdinand ordenó reiniciar la marcha, cada batallón recogió sus pertenencias y continuaron el camino. Después de unas horas llegaron a una zona boscosa flanqueada por acantilados. Yo cabalgaba con mi caballo pardo delante de Auguste cuando una serpiente asustó a mi cabalgadura y el relincho me hizo resbalar, caí hacia el acantilado, Auguste bajó de su caballo y pecho tierra se acercó para no caer. Yo estaba aferrado a una saliente y sin perder tiempo Auguste regresó a su caballo, tomó una cuerda y la ató a su montura, llevó el otro extremo conmigo y me dijo:
Auguste.- Cuando le diga tome la cuerda con las dos manos.
Roy.- Montó en su caballo y me dio la señal:
Auguste.- ¡Ahora!
Roy.- Auguste tomó las riendas y avanzó lentamente. Poco a poco me sacó del peligro. Después de unos minutos recuperé el aliento y caminé hacia Auguste, quien continuaba sobre su caballo.
Monje Roy.- Gracias Auguste me has salvado la vida.
Auguste.- Lo mismo hubiera hecho usted por uno de nosotros.
Monje Roy.- Estoy en deuda contigo.
Roy.- Continuamos la marcha sin decir palabra alguna. Cuando la tarde cayó todos paramos para a montar nuestros campamentos.
Roy.- Después de unas horas, cuando todos estábamos ya instalados busqué a Auguste.
Monje Roy.- Amigo mío quiero hacerte algunas preguntas.
Auguste.- Mande usted caballero templario.
Monje Roy.- Dime Roy, ahora somos hermanos ya que te debo mi vida.
Auguste.- Ni lo diga mi señor, no fue gran hazaña.
Monje Roy.- Para mí lo fue pues de otra manera no estaría charlando contigo. En fin, dime una cosa, en los entrenamientos ¿aprendiste a usar armas?
Auguste.- Nos enseñaron a usar la espada.
Monje Roy.- ¿Cuál de ellas? ¿la normanda, grande y recta, o el estoque, mediana y puntiaguda?
Auguste.- La normanda mi señor.
Monje Roy.- ¿No es muy pesada para ti?
Auguste.- Pues sí pero había pocos estoques.
Monje Roy.- ¿Has pensado que necesitas estar muy cerca del enemigo para poder usar una espada?
Auguste.- Sí mi señor pero es lo que nos enseñaron. Además el Padre Esteban nos dijo que esta cruzada la ganaremos con la ayuda de Dios.
Monje Roy.- Creo que vas a necesitar algo más que eso.
Auguste.- ¿Qué mi señor?
Monje Roy.- ¡Que me digas Roy!
Auguste.- Sí mi señ… perdón Roy.
Monje Roy.- Todos tenemos diferentes habilidades en la paz y en la guerra, cuál arma manejas mejor.
Auguste se encogió de hombros y yo pensé en cómo ayudarlo para que ese joven pudiera enfrentar mejor al enemigo.
Monje Roy.- Ven amigo, acompáñame.
Roy.- Lo conduje hacia su tienda y le pedí a unos de mis ayudantes que cargaran una gran caja de madera y trajeran antorchas. Nos alejaron unos 20 metros del campamento y abrí la gran caja en la que tenía diferentes armas.
Monje Roy.- Toma el estoque y atácame como si fuera tu peor enemigo.
Auguste tomó de la caja un estoque, lo empuño con fuerza y tímidamente se acercó, di media vuelta rodeando al joven y a continuación saqué de mis atuendos una daga y la acerqué al pecho del inexperto cruzado.
Monje Roy.- Este hubiera sido tu último movimiento. Cuando digo que ataques es en verdad, de esto dependería tu vida.
Auguste.- Sí Roy.
Monje Roy.- Hazlo de nuevo. – Mientras tomaba la rama de un árbol.-
Auguste ahora sí atacó con fuerza y decisión tomando carrera, pero el intento fue en vano ya que desvié el ataque con la rama y empujé a Auguste, quien cayó al suelo.
Monje Roy.- La espada no es lo tuyo. Deja el estoque y toma la maza.
Auguste.- ¿La de cadena?
Monje Roy.- No, la otra, la de bola con picos.
Auguste.- Está muy pesada Roy.
Monje Roy.- Me lo temía. Necesitas algo que te mantenga a distancia del enemigo.
Auguste.- ¿Y esta lanza con hacha?
Monje Roy.- Se llama Alabarda, pero requiere de práctica. Déjame pensar.
Auguste buscó en la gran caja y sacó una ballesta.
Auguste.- Ésta me gusta.
Monje Roy.- Disparar es fácil, pero cargarla no tanto y sobre todo para un niño.
Auguste.- Ya no soy niño Roy, soy un cruzado.
Monje.- Sí Auguste, mejor prueba con el arco.
Auguste sacó un arco cuyo tamaño era menor al que usaba. Buscó un par de flechas y comenzó probarlo halando de la cuerda.
Auguste.- Lo mío es el arco, aunque el que me dieron es algo grande está casi de mi tamaño.
Dispara hacia ese árbol. ¿Sabes cómo usarlo?
Auguste.- Sí Roy es fácil.
Auguste tomó una flecha y haló tanto la cuerda que al disparar ésta le dio en la cara, la flecha cayó lejos de su objetivo y Auguste solo cerró los ojos y aguantó el dolor.
Monje Roy.- ¿Te dolió?
Auguste.- No Roy fue solo un rozón.
Monje Roy.- Pues parece que tu doncella te abofeteó. Esta cuerda es especial, no como la del que usas, soporta mayor tensión.
Roy.- Después de unos segundos de silencio ambos soltaron la risa mientras Auguste se frotaba la mejilla derecha.
Monje Roy.-Ahora sabes que no debes halar tanto de la cuerda tan cerca de tu cara. Antes de disparar mete aire y sostén la respiración, no importa que el enemigo corra hacia ti, es muy importante mantener la calma antes de realizar el disparo. Inténtalo de nuevo.
Monje Roy.- Espera, me alejaré no me vayas a confundir con el árbol.
Roy.- Auguste siguió mis instrucciones al pie de la letra y el la flecha dio en medio de su objetivo.
Auguste.- ¿Así Roy?
Monje Roy.- ¡Excelente! Buen disparo. Ahora inténtalo con aquel que está más lejos. Abre más las piernas para tener mejor control, una delante de la otra.
Auguste se preparó y la flecha llegó certeramente al árbol.
Monje Roy.- Espera vamos a hacer esto más interesante, aunque de noche es más difícil.
Roy sacó un trapo blanco pequeño y lo clavo en el árbol con su daga.
Monje Roy.- ¿Ves el trapo?
Auguste.- Sí señor.
Monje Roy.- Cuando estés listo, tómate tu tiempo.
Auguste repitió lo aprendido y disparo. El Monje Roy se acercó al árbol y sorprendido comentó.
Monje Roy.- Naciste para esto, tu disparo me costó una daga.
Auguste.- ¿En serio señor?
Monje Roy.- Le diste a la empuñadura de mi daga, naciste para esto. La arquería es lo tuyo, mañana te haré un arco a tu medida.
Auguste.- ¡Gracias Roy!
Roy.- El joven gritaba y brincaba de gusto.
Monje Roy.- Calma Auguste, los árboles no regresan el golpe, aún falta mucho por aprender.
Auguste.- ¿Cómo qué?
Monje Roy.- Además de disparar certeramente es necesario cargar rápido, hacerlo a caballo, considerar distancias, la caída de la flecha, el sol de frente y mantener la calma.
En estos días te enseñaré más, pero por ahora es suficiente, ve a dormir que mañana reanudaremos la marcha.
Roy.- Auguste dejó el arco en la gran caja y regresó a su campamento sin poder conciliar el sueño. Imaginaba que era un gran arquero, sin pensar un solo momento en lo que la realidad guardaba para su temprana vida de cruzado.
Jean.- Lo tomaste bajo tu cuidado.
Roy.- Le tomé aprecio por lo que hizo, no cualquier niño reacciona en esa forma al ver el peligro. El muchacho tenía madera de guerrero.
Jean.- ¿No era peligroso ir a la guerra tomando como compañero a un niño? Porque aunque se ganó tu aprecio, ser nana en medio de una batalla es en verdad un riesgo.
Roy.- Uno no escoge su destino, estés donde esté te toma por sorpresa y no hay tiempo para divagaciones. Además le debía mi vida. ¿No es una razón válida para regresarle el favor?
Jean.- De acuerdo, tienes razón. Aunque no creo que yo lo hiciera.
Roy.- Lo sé perfectamente, me consta.
Jean.- Ahh no todos nacimos para las armas, pero tenemos otros atributos.
Roy.- ¿Como cuáles? ¿Tu pluma?
Jean.- Mejor continúa.
Roy.- Mientras regresaba con Auguste al campamento llegó Hamza, un guía y buen amigo árabe.
Hamza.- نحن نأكل صديق
Monje Roy.- اللحاق بالركب في دقيقة واحدة
Roy.- Hamza regresó por donde llegó.
Auguste.- ¿Qué dijo?
Roy.- Que van a comer y me preguntó si los acompañamos.
Auguste.- ¿Habla árabes?
Monje Roy.- Es necesario conocer el idioma del enemigo, aunque Hamza es un buen amigo.
Auguste.- ¿Desertor del ejército de Saladino?
Monje Roy.- No, yo no lo llamaría de esa forma. Lo conocí en una de mis primeras batallas. Cabalgaba con mis compañeros cerca de Alepo cuando un grupo conocido como los “asesinos de Sinan”, enemigos a muerte de
Saladino, habían atrapado a un grupo de peregrinos que se dirigían a Jerusalén, varios de los cuales yacían muertos en la arena cuando Naji, cruel líder de la tribu le gritaba a Hamza en el rostro.
Naji.- ¡Si no lo haces tu familia pagará las consecuencias!
Hamza.- Esto que ustedes hacen va en contra del Corán.
Naji.- ¿¡Quién eres tú para decirme qué hacer!?
Hamza.- Me niego a matar a esos inocentes.
Naji.- ¡Son cristianos! ¡Son invasores!
Hamza.- No puedo controlar lo que hacen los demás, solo puedo intentar gobernar lo que hago yo y con mi conciencia está en paz.
Roy.- Yo estaba con algunos de mis compañeros templarios escondidos tras de unas dunas mientras observábamos y planeábamos el momento oportuno para atacar. Naji caminó hacia donde estaba la esposa e hijo de Hamza y hundió la espada en el estómago de ella, en respuesta el hijo sacó un cuchillo y atacó a Naji haciéndole una profunda herida en el cuello, al tiempo que uno de sus esbirros esgrimió su cimitarra en la espada del joven. Inmediatamente atacamos y dimos muerte a todos ellos. Hamza levantó los brazos hacia el cielo y así los mantuvo mientras liberamos a los peregrinos y desde entonces Hamza ha formado parte de nuestro grupo, aunque sigue negándose a pelear.
Este suceso despertó el interés en Auguste en aprender árabe y cada día nos dábamos tiempo para estudiar un poco.