
II.- La mayor pérdida
La imaginación vuela montada en la música

Roy y Jean cabalgaban por un camino que serpenteaba entre árboles mientras charlaban sin pensar en el tiempo.
Jean.- Lo cuentas como si hubieras estado ahí.
Roy.- Ni más, ni menos.
Jean.- ¿Bromeas?
Roy.- Espera, ten paciencia.
Jean.- De acuerdo, sigue.
Roy.- Era una mañana del año de 1212, un día como cualquiera, Auguste, un joven de 14 años se había levantado a temprana hora y después de terminar los quehaceres acostumbrados se reunió con sus amigos en las cercanías de la aldea, donde jugaban a ser grandes, a ser cruzados, donde echaban a volar la imaginación y con espadas de madera libraban batallas inocentes. Los héroes en turno éramos “Los templarios”.
Jean.- ¿Fuiste templario?
Roy.- Yo no lo dije.
Jean.- ¿Por qué nunca lo has dicho?
Roy.- Esa es otra historia, déjame continuar.
Jean.- De acuerdo, perdona pero tu forma de contar siembra mi curiosidad. Cuéntame de los Templarios por favor.
Roy.- Los templarios éramos miembros de la Orden del Temple que fue una orden de carácter religioso y militar cargada de tintes legendarios como ya habrás escuchado.
Jean.- Así es.
Roy.- Nacida luego de la primera cruzada que duró de 1095 a1101. La orden de los Templarios fue fundada en Jerusalén en 1118 por nueve caballeros franceses, con Hugo de Payens a la cabeza. En sus inicios su denominación oficial fue Orden de los Pobres Caballeros de Cristo o Paupperes Conmilitons Christi; más tarde fuimos conocidos comúnmente como Caballeros templarios o Caballeros del templo de Salomón o “Milites Templi Salomonis”, nombre que recibimos tras instalarse en el antiguo templo de Salomón. La designación de Orden del Temple es la traducción al francés de la denominación en latín, siendo muy extendida dados los amplios lazos de los templarios con Francia.
Jean.- ¿Cómo es que amasaron tanta riqueza?
Roy.- Si tú tienes dinero, propiedades y quieres ir a Jerusalen, te llevas las riquezas durante el viaje?
Jean.- ¿Ni loco!
Roy.- Entonces necesitarías de nosotros. Al nombrarnos tus representantes y administradores, tendrás parte de tu dinero en cada uno de los puestos que teníamos a lo largo del camino, además contarás con alimento y protección.
Jean.- ¿A qué costo?
Roy.- Digamos que además de un porcentaje de tu dinero, si llegas a morir seremos los nuevos dueños de gran parte de tus propiedades.
Jean.- ¡Qué buen negocio!
Roy.- Los riesgos mayores los corríamos nosotros, además cada templario tenía la capacidad militar de más de seis soldados normales. Somos especialistas en sobrevivir, proteger y luchar.
Jean.- ¿Recibían entrenamiento?
Roy.- No tienes idea, vivíamos para ello. Todo comenzó por obra de Dios pero se convirtió en grandes riquezas y cuando esto sucedió la Iglesia no dejó pasar la oportunidad de quedarse con todo.
Jean.- No sin antes acabar con todos ustedes al llamarlos hechiceros y enemigos de Dios.
Roy.- Entre otras tantas injurias. Por eso fuimos perseguidos hasta la extinción.
Jean.- Acabaron con todos.
Roy.- Casi, bueno en lo que estaba.
Jean.- Nunca me imaginé que fueras un templario.
Roy.- Así es. Pues la aldea donde vivía Auguste está situada en las afueras de Vendóme, cerca de París, a un costado del castillo de Antoine III, señor feudal a quien apodaban “El señor de los castillos”, debido a que había heredado varias propiedades. Auguste jugaba afanosamente a ser cruzado.
Auguste.- ¡Yo soy Godofredo! Conquistaré tierras lejanas en nombre de Cristo.
Pierre.- ¡Yo soy un templario!
Antonie.- ¿Y yo quién soy?
Auguste.- Tú eres Saladino
Antoine.- No, así no juego. Siempre me toca ser Saladino.
Pierre.- Dicen que era un gran guerrero.
Antoine.- Yo quiero ser Godofredo o un templario.
Auguste.- Pero entonces con ¿quién vamos a pelear?
Antoine.- No sé, pero ya no quiero ser de los infieles.
Pierre.- Mira serás un rato Saladino y después nos cambiamos.
Antoine.- ¡Sí! (Exclamó jubiloso al tiempo que se cubría la cabeza con un trapo y pretendió ser el legendario Saladino)
Roy.- Así pasaron largo rato, jugando a la guerra y cambiando de bandos con un solo trapo, que hacía de turbante, mientras el atardecer dejaba morir paulatinamente un sol anaranjado con tintes rojizos y escarlatas.
Al tiempo que jugaban Auguste y sus amigos notaron que un jinete pasaba a trote hacia su aldea, todos dejaron de jugar y observaron al cruzado que vestía la blanca toga característica con la enorme cruz escarlata en pecho y espalda. Todos corrieron rodeando arbustos y brincando las irregularidades del terreno. En segundos llegaron a unos metros de las chozas. El jinete se detuvo a preguntar a un aldeano algo que no alcanzaron a entender, el cuestionado apuntó hacia la choza contigua, las cejas de Auguste se fruncieron, su mirada se tornó aguda y pensativa sin perder detalle alguno pues se trataba del sitio donde vivía su familia. Uno de los amigos de Auguste comentó:
Antoine.- Parece que buscan algo en tu casa Auguste.
Pierre.- Vamos a acercarnos más.
Roy.- Todos corrieron de prisa, rodearon un grupo de arbustos y al bordear un conjunto de tres chozas se encontraron frente al hogar de Auguste, el jinete ya se les había adelantado y estaba desde su montura hablando con Marie Bonard, madre de Auguste quien llevaba en sus brazos a Guillome, su hermano más pequeño.
Sorpresivamente Marie estalló en llanto y calló de rodillas apretando a Guillome contra su pecho al tiempo que el jinete regresaba por el sendero por el que había entrado.
Auguste corrió a toda marcha y tras de él sus amigos para saber por qué Marie, una mujer tan fuerte, amable pero estricta, había reaccionado de esa forma. Fueron solo unos segundos para llegar junto a su madre, aun así fueron los momentos más largos en la corta vida de Auguste.
Auguste.- ¿Qué sucede madre?
Marie.- Tu padre murió.
Roy.- Esa frase sonó tan contundente como el filo de una espada sarracena y marcaría para siempre la vida de Auguste, quien dejó pasar unos segundos sin mostrar reacción alguna, poco a poco sus ojos fueron humedeciéndose hasta que finalmente estalló en un lamento de tristeza y rabia contenidos, se llevó las manos a la cabeza y se derrumbó en llanto, sus amigos lo rodearon con un gran abrazo. Algunos de ellos ya habían pasado por tan penosa experiencia.
Las Cruzadas, como cualquier batalla, era la causa principal de pérdidas humanas, los “jinetes de la orfandad” habían visitado su hogar, el sufrimiento de los que se quedaban era ya un himno común.
Los siguientes días fueron parte del difícil comienzo de una nueva forma de vida, una manera diferente de vivir la realidad, para ello era necesario un crecimiento prematuro,
los juegos cotidianos se habían convertido en algo más serio. Auguste nunca pensó que se vería obligado a crecer a marcha forzada, siempre fue el preferido de su padre quien llamó igual a su primogénito y compartían además del nombre, un gran parecido físico y de temperamento.
Las semanas pasaron y una mañana, a temprana hora Auguste se levantó a ayudar a su madre a recolectar leña. Mientras caminaban por el bosque el silencio dominaba la escena, ninguno de los dos articulaban palabra alguna, estaban ensimismados en sus pensamientos y en esos recuerdos que habían recolectado del padre y esposo que ya no estaba con ellos.
Auguste.- Madre cuándo crezca ¿puedo ir a las cruzadas?
Roy.- Marie se detuvo y lo miró fijo pero tiernamente.
Marie.- Hijo mío la guerra es para los grandes.
Auguste.- Pero yo voy a ser grande algún día creo yo muy pronto.
Marie.- Ser grande no necesariamente es ser sabio.
Auguste.- ¿Mi padre no lo era?
Marie.- Lo que quiero decir amor, es que la guerra no es de sabios.
Auguste.- Pero yo no quiero ser sabio, quiero ser cruzado.
Marie.- ¿Para qué?
Auguste.- No sé, para ir a Tierra Santa.
Marie.- ¿Y sabes para qué van los cruzados a Jerusalén?
Auguste.- Para…para…no lo sé. Mis amigos dicen que para obtener el paraíso.
Marie.- Mi vida, escúchame bien. Tu padre fue un buen padre, pero no sé si un buen hombre. Todo aquel que va a la guerra tiene que ser un soldado y obedecer órdenes como matar. ¿Me entiendes?
Auguste.- Sí pero de eso se trata la guerra o no?
Marie.- A tu padre le prometieron riquezas pero solo encontró la muerte. Aquí vivíamos bien, tenemos para comer, trabajamos duro y tenemos dónde dormir. ¿Para qué ir a pelear con personas que no conocemos? Lo único bueno es que tu padre al morir por esa causa se ganó el cielo.
Auguste.- ¡Pero allá no lo quiero, lo quiero aquí!
Auguste comenzó a sollozar y Marie se hincó para consolarlo.
Marie.- Entiendes mi vida, ya perdí a mi esposo, no quiero perder a mi hijo.
Auguste.- Pero quiero vengar la muerte de mi padre.
Marie.- Entiendo que estés molesto, pero ¿contra quién?
Auguste.- Contra ellos, contra los infieles.
Marie.- ¿Piensas acaso que ellos, “los infieles” no han perdido a sus padres. Los que mueren en las batallas no tienen hijos?
Auguste.- Sí pero solo pienso en mi padre y en que debo vengar su muerte.
Marie.- Auguste, escúchame bien hijo: la guerra está fuera de nuestro entendimiento, no es como en tus juegos, es angustia, dolor y muerte. Tú eres un niño muy bueno, siempre lo has sido y espero que por la memoria de tu padre y por mí, lo sigas siendo. Muchos pueden ser buenos soldados, pero pocos buenos hombres.
Auguste.- ¿Mi padre era buen hombre?
Roy.- Marie bajó la cabeza y miró a Auguste durante unos segundos.
Marie.- Claro que era un buen hombre pero las promesas y los deseos de darnos una mejor vida cambiaron su camino. Rezo a diario por su alma y por las de aquellos que cayeron bajo su espada, no importa quiénes hayan sido ni en qué dios creían.
Auguste.- Yo también rezo por él madre y hasta hablamos.
Roy.- Marie se incorporó y continuaron charlando de regreso a casa.
Marie.- ¿En serio amor? ¿y de qué hablas?
Auguste.- Le digo que lo extraño, que nos cuidas y no das de comer cosas ricas, también hablo con él de mis juegos.
Roy.- Ambos charlaron rumbo a casa intentando cada día llevar una vida normal.
Los consuelos de su madre le duraban poco, algunas noches Auguste se dormía atormentado por los recuerdos, pensando en la forma en que su padre murió, cada atardecer juraba venganza por la memoria de su difunto. Día con día la tristeza se convertía en odio y la ausencia en rabia. Sabía que necesitaba crecer lo antes posible para tomar la vida de aquellos que le quitaron lo que más amaba.
Las campañas de la iglesia sobre las cruzadas eran constantes y persuasivas, niños y adultos, abrigaban la esperanza de ser parte de la leyenda. La influencia de las ideas que pasaban de boca en boca era efectiva y conquistaba almas cada día. La promesa de cielo y riquezas era una tentación virulenta que hacía sucumbir hasta a los más cuerdos, en este tiempo donde el temor al infierno y al purgatorio, son más fuertes que el temor a morir. Blandir una espada abrigando la causa “adecuada” era cubrirse de valor y fanatismo transformando a simples soldados en máquinas de guerra, en fanáticos con un objetivo preciso y la disposición total a pagar hasta el precio más alto. Era un “negocio redondo”, si sobrevivían y conquistaban, lograban riquezas y fama, si morían en el intento, ganaban el cielo, sin embargo, la realidad era distinta.
Los juegos que compartía Auguste con sus amigos ya tenían otro significado, otro objetivo, no era diversión la finalidad principal, no era divertimento por sí mismo, sino ensayo bélico, se había convertido en cachorros de león aprendiendo a depredar jugando. En ocasiones durante el juego sus compañeros tenían que tranquilizarlo pues ahora Auguste se tomaba las cosas demasiado en serio y era un riesgo para él y para sus amigos. Encarnar “cruzados” intentando recuperar el sepulcro de Jesús de tierra infiel no era ya un juego, era una obsesión. Nadie quería ser sarraceno, todos querían ser jinetes templarios en busca de lo que aún ellos imaginaban era una buena causa.
Ahora Auguste era un niño diferente, despertaba con una sola obsesión: ser cruzado y crecer para tomar venganza. Sabía que el mundo al que estaba acostumbrado nunca volvería a ser el mismo. Algo se rompió y nada podía regresarlo a su estado original.
La vida de aquella época había cobrado una baja más: la inocencia de un niño, pues Auguste había dejado atrás las bondades de la niñez, los juegos inofensivos y había descubierto la fuerza que da un poderoso sentimiento: el odio.
Día a día se alejaba más de los juegos infantiles, se había convertido en un adulto prematuro, de pocas palabras y dura mirada. Pocas cosas le daban felicidad, la comida le era insulsa, los juegos, aburridos.
Marie.- ¿Piensas demasiado hijo! ¿En qué piensas Auguste?
Auguste.- En tantas cosas madre. Mejor sigue tus tareas y yo las mías.
Así terminaba normalmente las charlas entre madre e hijo y cada día Auguste fabricaba un mundo personal, donde el común denominador era la sed de venganza.