top of page

El Comienzo

 

Entre dunas se encontraba acampando un grupo de beduinos llamados Tuareg, nómadas dedicados en su mayoría a saquear pueblos y controlar rutas comerciales. Cuando uno de los vigías observó un batallón de cruzados que cabalgaban hacia ellos dio la alarma.

La música es la puerta de la imaginación
Has click

Munir.- ¡Se acercan los cruzados! Todos monten sus caballos y hagan formación de media luna. Avancemos lentamente, nadie se adelante.

 

Una lluvia de flechas fue la bienvenida entre ambos bandos, el inicio de la campal comenzó inmediatamente, los jinetes caían en la arena aún con vida, mientras caballos les pasaban por encima. Los soldados de ambos lados tornaron de rojo la arena bajo el filo hiriente de un sol abrazador.

Un grupo de cruzados, pequeño pero eficaz, portaban una túnica con la cruz escarlata en el pecho, eran templarios, una mezcla de monjes y soldados. Uno de ellos de nombre Roy era el que más bajas causaba a los Tuaregs, con su enorme espada asestaba a diestra y siniestra sendos golpes, en su mayoría mortales, cuando de pronto una flecha dio en su caballo a la altura de las costillas, inmediatamente el corcel cayó abatido, Roy alcanzó a desmontar antes de caer y comenzó a pelear de pie con gran ferocidad. Cuando peleaba contra tres tuaregs, veía de reojo cómo uno de ellos de baja estatura, cubierto con un atuendo decorado de dagas, ágil y certero lanzaba sus proyectiles a los cuellos y piernas de los cruzados, quienes caían a su alrededor. Después de que Roy abatió a sus tres oponentes dirigió su atención hacia el de las dagas, de pronto se encontraron frente a frente a unos cinco metros de distancia. El lanza dagas tenía una en cada mano y observó detenidamente a Roy quien caminó hacia él, sin perder tiempo el tuareg lanzó su primer disparo que pasó a un lado del cuello de Roy, haciendo una herida menor, éste se detuvo pues el tuareg tenía preparadas ya otras dos dagas listas para lanzarlas. Al reiniciar el paso Roy recibió otra en la cadera derecha y la segunda que iba dirigida a su muslo izquierdo se impactó en su espada. El Tuareg corrió y se perdió entre la multitud y Roy continuó causando bajas. La batalla duró unos minutos más hasta que los tuaregs sobrevivientes huyeron. Los cruzados se quedaron en el campo de batalla para rendir los honores a sus muertos, dar cristiana sepultura y rezar por sus almas.

El sol no tardó en levantar un hedor de muerte. El panorama era desolador, los quejidos de sobrevivientes eran el réquiem de la victoria cruzada.

Finalmente quedaba la desagradable tarea de dar muerte a los heridos que yacían tirados en la arena, ya fueran compañeros de batalla o enemigos. Después de un breve rezo los templarios encomendaban sus almas a Dios y con espada en mano terminaban su misericordiosa tarea asestando en la base de la cabeza el golpe final de cada moribundo.

Las aves de rapiña no tardaron en asistir al abundante festín.

El Sol cayó y los cruzados buscaron un sitio donde acampar, lejos del lugar de batalla debido a que el olor a putrefacción era ya insoportable.

Roy y otros más curaron sus heridas, tomaron pertenencias y corceles de los abatidos,  al día siguiente continuaron su viaje hacia Jerusalén.

Es por demás describir una batalla, pues por más que los cronistas las describan como heroicas hazañas no son más que bizarras carnicerías por motivos económicos, de dominio o religiosos, muchas de ellas por lo regular desconocidas a los ojos de los soldados. Ellos solo saben que al obedecer órdenes recibirán dos recompensas: la económica y la espiritual, no siempre en ese orden de importancia.

Basta con hojear la historia del mayor depredador de este planeta para entender por qué llevamos la muerte en la sangre. La causa para los que poseen riquezas es el poder y para los desposeídos la riqueza. Siempre habrá una razón por la que la paz sea un efímero acompañante.

En los miles de años que tiene el hombre sobre la tierra siempre ha existido un pretexto para apoderarnos de lo que la tierra o el destino nos han negado. Cada bando justifica sus causas y métodos, lo cierto es que llevamos en la sangre tanta información bélica que nos cuesta trabajo vivir en paz. Solo basta ver a nuestro alrededor.

Es bien sabido que lo que no mata fortalece, pero las consecuencias de nuestro comportamiento se ven seriamente afectadas y soldados de todas las batallas han sufrido las repercusiones de quitar una sola vida porque nos guste o no todos compartimos una línea común y al matar a nuestro enemigo matamos un poco de lo que somos.

En forma inconsciente nuestra información genética ha librado muchas batallas y cada uno llevamos dentro una bestia, solo dale el motivo preciso para dejarla en libertad, pero después la vida nunca será la misma. Como decía mi padre “o está en guerra, o haciendo flechas”.

La verdadera fortaleza del humano fue, es y será tener el valor suficiente para guardar esa bestia bajo llave el mayor tiempo posible pues crece y se rebela con mayor fuerza con cada generación. La buena noticia es que existe un tamizador que nos ayuda a librar esta batalla personal: el arte en cualquiera de sus expresiones.

bottom of page